¿Conmemorar el Holocausto ahora? Una burla

Esperar con prudencia para no emitir un juicio improvisado. Eso es razonable. Hace unos pocos días se conmemoraba el aniversario de la liberación de Auschwitz, el siniestro campo de concentración nazi en el que murieron más de un millón de personas, víctimas de la intransigencia, el racismo, el desprecio por la vida y la dignidad humana. Todos sabemos, porque así lo cuenta la historia, el horror que supusieron el nazismo, el fascismo y la Segunda Guerra Mundial. La conmemoración de este aniversario ha dado pie al ‘Día del Holocausto’, creado para no olvidar, para que las generaciones venideras, posteriores a aquel terrible drama, supieran la barbarie que había sucedido en el suelo europeo.

Se conmemoró, un año más, el Día del Holocausto. Visto cómo ha sido solo se puede decir que ha sido una mirada a la historia y una burla al presente.

Así que cada año se detiene el tiempo un día y todos recordamos el padecimiento y la muerte de millones de personas en un tiempo brutal. Y los políticos se afanan en repetir ‘Nunca más’ y señalar lo positivo que ha sucedido en el mundo desde entonces. Se recuerda a Primo Levi, que narró el Holocausto con desgarradora veracidad, y a políticos como Semprún, entre los supervivientes de los campos, porque ellos son la memoria intangible ya, de todo aquello.

Y punto. El recuerdo no enmascara la verdad en la que vivimos. Lo que sucedió hace 71 años, el germen que lo creó, la actitud de unos y otros ante ello, subyace en nuestras cada vez menos cómodas sociedades europeas. No han sido 71 años de lucidez y menos aún de superación del mal.

Hace solo veinte años, cincuenta después del exterminio judío, la guerra de los Balcanes nos mostró la desgarradora faz del ser humano con internamientos en campos, matanzas y masacres de civiles perfectamente equiparables a los sucesos del nazismo: Srebrenica es el ejemplo más destacado de todo ello junto con el asedio a Sarajevo. Europa no tembló en participar de las causas que llevaron al espanto, de nuevo, sobre las mismas tierras donde se habían extendido las cenizas de millones de cuerpos volatilizados en los hornos crematorios. Sobre la misma escena, el mismo trágico acontecimiento.

Es verdad que durante los momentos más aberrantes aparecen figuras que marcan el trayecto de la esperanza. No deja de resultar paradójico un hecho. Hace más de setenta años, Eichmann organizó la marcha de los judíos desde Hungría camino de su exterminio. Mientras, Sanz Briz – un español cuya nobleza carece del merecido reconocimiento – lograba salvar la vida de más de cinco mil judíos húngaros desde la embajada española en Budapest, a espaldas de la política del régimen franquista. Uno y otro ejemplifican, sin duda, el mal y el bien.

Holocausto, Sanz Briz, refugiados

Hoy, setenta y un años después, Hungría y los países vecinos vuelven a ser un corredor de la indiferencia: miles y miles de refugiados atraviesan como pueden, cargados de esperanza, pobreza, agotamiento y desesperación el mismo sueño buscando una oportunidad. El mismo suelo, la misma intransigencia.

La guerra de Siria arroja al mar Mediterráneo, la cuna de la cultura y de la civilización europea, a un número sin fin de desplazados que buscan en nuestro continente el sueño de un futuro mejor. Se arrojan sobre barcas imposibles, exprimidos por traficantes de almas, como ganado, perdiendo a cada paso fuerzas, esperanzas, sus pocas propiedades desde se lanzaron al exilio. Perdiendo a sus hijos, perdiendo la vida. Los vecinos de Weimar negaban conocer la existencia del campo de exterminio de Buchenwald, erigido a pocos kilómetros de su población. El oficial americano que liberó el campo los obligó a caminar por él viendo el producto del horror: cadáveres esqueléticos hacinados en montañas informes de cuerpos inertes. Las imágenes están disponibles. El cinismo con el que negaban el conocimiento de lo que allí sucedía se ha transportado en el tiempo: los europeos hacemos como que no vemos lo que pasa en las aguas del Egeo, en las rutas delos Balcanes.

Miles de judíos franceses fueron internados en el Velódromo de Invierno de París el 16 de julio de 1942. Primera escala a Auschwitz. Allí mismo, en el corazón de la capital de Francia, los vecinos asistieron con indiferencia a la redada judía. Días después, en el campo de Drancy, les arrebataron sus pocas pertenencias. Dinamarca ha aprobado una ley para confiscar los bienes, no sentimentales (sic), de los refugiados que lleguen a su territorio hace solo unos días. El país del mito de la estrella de David lucida por su rey, se asemeja al espectro de la historia. En Cardiff obligan a los refugiados a llevar pulseras rojas, como si de la estrella judía se tratara. Bélgica pide que se les haga retroceder hasta caer al mar y aunque se ahoguen el mismo día de la conmemoración simbólica del Holocausto. Una burla repugnante. En Alemania lanzan granadas contra una casa que hospeda refugiados. Y en otras localidades del Reino Unido las viviendas de los refugiados tienen todas puertas rojas, lo que permite su localización. Todos miran a Turquía para que allí, entre vallas de alambre de espìno y concertinas, Tayip Erdogan culmine este siniestro holocausto del siglo XXI: campos de internamiento para medio millón, uno o los que sea. Y cobrando de la Unión Europea.

Holocausto, velódromo de invierno, refugiados

Conmemora Europa el día del Holocausto. Una burla. En este escenario europeo de miseria moral carece de valor histórico este acontecimiento: el Holocausto aún no ha terminado, parece instalado en la genética europea. Como si la brutalidad del Neanderthal impregnara nuestros actos de hoy, solo unos pocos europeos tratan de contener la hemorragia ética que nos asola: son voluntarios cuya espontánea determinación los arroja a las aguas del Egeo a rescatar hombres, mujeres, niños que se ahogan; a servir comidas en los puntos de tránsito, a curar sus pies mientras descansan, como si se tratara de una página sagrada del Evangelio al que le hemos dado la espalda.

Como Sanz Briz, los voluntarios de la solidaridad son los únicos que deberían conmemorar este acontecimiento anual. Los demás, con nuestra indiferencia o por su responsabilidad de gobernantes, avivamos la mecha del horror. Europa se desangra en un suicidio infinito. ¿Conmemora Europa el Día del Holocausto? Una burla al pasado, un insulto al presente.

refugiados, hungría, holocausto