¿Adónde vas? Tú no lo sabes…

 

¿Adónde vas? No lo sabes. Apenas si distingues los cuerpos de la sombras. En tu mundo diminuto todo lo que lo rodea es grande, gigantesco. Las botas, los pantalones, los bultos que agarran con fuerza las manos y que a veces te golpean, sin querer, en la cara. Desde allí abajo los peligros que ves son otros distintos de los que ven los mayores. Un charco demasiado grande, el barro que atrapa tus pequeñas zapatillas deportivas. Las zancadas de los más grandes, de los altos, los hombres y las mujeres que avanzan, que apenas se dan cuenta de que a veces te golpean por el cansancio, que no se dan cuenta de que de cada paso suyo salen tres tuyos.

¿Adónde vas?, mirando al suelo nunca distingues lo que hay delante. No te da tiempo a esquivar los inoportunos movimientos desacompasados de todos los que caminan a tu lado. A veces te cogen en brazos y entonces ves el cielo azul, o las nubes grises, casi negras, que descargan agua mientras camináis. A veces te quedas adormilado en el regazo de tu madre que apenas sí tiene fuerzas para cargarte y otras, tu padre te eleva con fuerza y juguetea contigo lanzándote a lo alto. Pero esas veces son cada vez las menos. Es el cansancio.

Tú buscas en tu imaginación cosas con las que entretenerte y te acuerdas del viaje por el mar. Será una aventura, había dicho tu padre. Y subisteis a una barca de goma, con un chaleco reflectante como los que llevaban los guardias de tu ciudad cuando los veías camino del colegio.  Ahora te gustaría ir al colegio. Es más divertido. Cuando ibas al colegio sabias a donde ibas, no como ahora que nadie te lo explica.

En el mar viste otros barcos y por un momento jugaste en tu imaginación a las carreras: a ver cuál llega antes. Y jugaste a querer ganar. Al llegar a la orilla, papá te cogió con fuerza de los brazos, te estrechó contra su pecho y salto pero apenas pudo mantener el equilibrio y caísteis los dos al agua. A ti te hizo gracia, aunque estabas un poco asustado. Pero cuando fuiste a buscar la complicidad de papá, él estaba llorando, impotente, con un gesto, un quejido, que parecía desgarrar su rostro. Justo en ese instante mamá te levanto y te puso las manos en los ojos, pero pudiste ver con claridad como otros hombres, otras mujeres, y otros niños estaban tendidos sobre el agua, boca abajo. Primero pensaste que estaban tumbados por el cansancio, que se iban a levantar y a pesar del esfuerzo de tu madre, te desasiste de su brazo y pudiste ver que algunos yacían inmóviles, mecidos por el agua que se derramaba sobre la arena.

Nadie habló de ello esa noche en la pequeña tienda de campaña. El agotamiento os derrumbó y tú te quedaste dormido en un instante, desplomado sobre el suelo duro, apoyando la cabeza sobre una bolsa con las cosas que sacasteis de casa. Tú querías llevar la cartera del cole, pero papá no te dejó. Querías llevar los lápices de colores, la libreta de rayas, el cuaderno de dibujo, la goma de borrar. Le pediste a mamá que te lo llevará y ella lo guardó en la bolsa con las demás cosas. Tú agarraste con fuerza tu pequeño coche de carreras. Hoy no has visto la bolsa. La próxima vez que te suban en brazos mira bien a tu alrededor a ver si  la ves, es la mochila naranja. En ella están tus cosas de ir al cole. El coche de carreras sigue en tu mano como un triunfo, tu pequeña propiedad a prueba de viajes. Hace días que no preguntas cuándo vais a llegar.

A veces tienes la sensación de que estáis en el mismo sitio sobre el que andáis y desandáis todo el rato.  Lo único que cambia son las estaciones de autobús, las de los trenes, el uniforme de los policías. ¿Por qué nos tratan así? preguntaste a papá. No te preocupes, no pasa nada. Ya está, te contestó papá alejándose del tumulto. Eso pasó una vez, y luego otra. Estamos en un sitio que se llama Grecia, y luego estamos en un sitio que se llama Hungría y luego estamos en un sitio que se llama Croacia, te dicen. Te hace gracia ese nombre tan raro. No te gusta cómo os mira la gente aunque hay algunos que os sonríen y os acercan cosas. Mamá las coge: botellas de agua, bocadillos.

Quieres descansar en tu cama. Volver al cole. Papá te ha dicho que irás  a otro cole, que tendréis otra casa, y a ti te asusta pensar en los otros niños. Saber si hablarán tan raro como la gente que os encontráis en el camino o si querrán jugar contigo. Los niños que caminan a tu lado nunca se sueltan de la mano de sus padres, les pasa lo mismo que a ti y piensas que ellos tampoco saben a dónde van. A veces piensas que papá y mamá tampoco lo saben. Papá te ha dicho que quizá podrías tener un perro pero tú ahora solo quieres dejar de caminar, dejar de ir de un sitio para otro, porque cada vez estás más cansado, cada vez hace más frío, cada vez los ojos de tus padres están más tristes, cada vez les cuesta más trabajo llevarte en brazos, cada vez que miras cargan menos bolsas de las que teníais al salir de casa.

Mamá te ha dicho que no tienes que tener miedo de nada, que la guerra ya quedó atrás, que ahora solo os queda caminar, cruzar las vallas, saltar las verjas, atravesar los muros, y que ya estáis en Europa. Suena bien Europa, mejor que esos otros nombres. Te gusta Europa aunque no sabes muy bien lo que es. No tienes que tener miedo, te han dicho tus padres. Pero los has oído decir que tienen miedo al invierno. ¿Por qué tendrán miedo al invierno si nunca antes lo han tenido? Tú solo sabes que cada vez hace más frío y hay más lluvias y hay más barro en el camino. Y solo quieres pararte a descansar y volver a casa e ir al cole, con tus lápices de colores, tu libreta de rayas, tu cuaderno de dibujo, tu goma de borrar, aunque estés en Europa, que es lo que quieren mamá y papá. Y ponerte el chaleco reflectante que llevabas en el barco y enseñárselo a tus amigos. Y no dejas de pensar, mientras se te cierran los ojos por el sueño, cuando paráis de caminar todos juntos, rodeados de policías y militares, ¿por qué le tienen tanto miedo al invierno?

Si al menos supieras a dónde vas…