El infierno somos nosotros

Buscar una oportunidad para una vida mejor, siendo inmigrante o refugiado, exige muchos sufrimientos, entre ellos el de arriesgarse a acabar fatalmente ahogado en el mar. Morir por querer vivir una vida digna y prospera es, o debería ser, una aberración en este siglo. Pero ocurre.

La desgracia, además, no suele fotografiarse, al menos en la mayoría de los casos, y los cuerpos sin vida de los que peregrinan se quedan sumergidos en las aguas del mismo modo que se quedan ocultos en el desconocimiento y en el abandono de los demás. Al final, una foto puede devolver a la vida, aunque solo sea como mártir y con el último reflejo de lo que de verdad fue la existencia.

Es lo que pasó con un pequeño, muerto en las aguas cercanas a la tierra de las ilusiones. Pero hay muchos más. Nadie sabrá su historia ni conocerá sus padecimientos antes del final de su existencia. Nadie tendrá noticia de su familia, del porqué de su viaje, de cómo lo hicieron hasta el lugar trágico del fin. No sabremos a dónde iban ni con que esperanza desgarrada lo hacían. No sabremos, en verdad, nada. Ni siquiera que están bajo el mar o que han muerto. Pero eso no impide que sea cierto que han existido, que soñaron, que quisieron hacer realidad su sueño, que confiaron en sus fuerzas para dar forma a sus esperanzas. No dejará de ser cierto que estuvieron entre nosotros, que tuvieron un nombre, una familia, una vida. Que fueron como nosotros antes de morir.

Decía Sartre que el infierno son los otros. Eso pensarán quienes hacen el viaje jugándoselo todo. Nos imaginan felices, opulentos, capaces de emprender y conquistar nuestras ambiciones. Nos ven vivir bien, porque este siglo lo enseña todo, lo comparte todo, al menos virtualmente, porque unos están a este lado y los demás, al otro, y se comparte imaginariamente pero no se salta la valla sin permiso. La valla es alambre y concertina, es mar. El muro de agua que ahoga.

Ellos, llegando casi a la orilla dejan de ver este lado como el paraíso sin alcanzarlo y mientras se les cierran los ojos, ven el infierno, que somos nosotros que no hemos extendido el brazo a tiempo para ayudarlos. Nosotros somos el infierno porque pudiendo impedir su dolor, hemos evitado verlo hasta que nos lo han enseñado con alguna fotografía. El infierno son los otros, decía Sartre, sí; es decir, nosotros mismos.

Esa es la verdad que no se fotografía.


 

To look for an opportunity for a better life, been immigrant or refugee, requires many suffering, among them , the risk of ending fatally drowned  in the sea. Dying for wanting to live a worthy and prosperous life is, or should be, an aberration in this century. But it happens .

The misfortune, besides, it’s not usually pictured, at least in most cases, and the dead bodies of those who  are pilgrims, stay drowned in the waters the same way that they stay hidden at the unknowledge and abandonement of the rest. At the end, a picture can bring them back to life, although only as a martyr and with the last reflection of what  the existence actually was.

That’s what happened with a little child, dead in the waters near to the land of illusions. But there are a lot more. Nobody will know his history or his sufferings before the end of his existence. No one will know about his family or why he started that trip and the way he got to the place of his tragical fate. We won’t know where were they going or what were their hopes. We will know, actually, nothing. Not even that they are under the sea or dead. But that doesn’t  prevent the fact that they existed, they dreamed, they wanted their dream to become true, that they trusted their strength to shape their hopes. It still will be true that they were among us, they had a name, a family, a life. They were like us before dying.

Sartre used to say that “Hell is the others”. That may be thinking  those who make the journey risking everything. They imagine us happy, wealthy, able to undertake and conquer new ambitions. They see how good our life is, because these times show everything, share everything, at least virtually, because some are at this side, and the other ones at the other, and we share virtually, but you can’t jump the fence without permission.  The fence is wire and concertina, is sea. The wall of water which drowns.

They, almost arriving to the shore, stop seeing this side as the Paradise without getting it, and as their eyes close, they see the hell, wich is us, those who haven’t extended  their arms in time to help them. Hell is us, because being able to prevent their pain, we avoided to see it until they’ve shown us with some picture. Hell is the others, used to say Sartre, yes, that is to say, ourselves. That is the truth we don’t take in pictures.