Siria, las manos a la cabeza

Nos echamos las manos a la cabeza con la cantidad ingente de refugiados que llegan a Europa huyendo de Siria, de una guerra que dura ya cuatro años,  y que huyen de una organización terrorista, el Estado Islámico,  que lleva tiempo actuando pero que nos despertó del letargo en el que vivíamos con la ejecución internacional  del periodista estadounidense James Foley y que ha ido extendiendo sus brazos y formando poco a poco parte de nuestro día a día informativo con más ejecuciones y con el ataque a la sede de Charlie Hebdo en Francia. Eso sí que nos llegó al alma, eso nos tocaba de cerca. Pero es entonces ahora, cuando la situación se ha vuelto insostenible, cuando esta gente ya no puede más, cuando decidimos actuar, porque ya no nos queda margen para mirar para otro lado, porque de tanto hacerlo al final la cabeza nos ha dado la vuelta como a la niña del exorcista y hemos visto el panorama.

Y entonces hablamos de ellos, de los “refugiados”, que son personas, porque refugiado me parece una simple etiqueta, son personas con familias, con trabajos, con casas, con vidas truncadas por una situación que les es completamente ajena. Hablamos de mafias que se aprovechan y que los asfixian en camiones, hablamos de niños de tres años muertos en la orilla de una playa. Y la reacción del mundo es encomiable, “welcome refugees” vemos en enormes pancartas en los estadios de fútbol alemanes. No se nos puede pedir más…o sí.

Se nos podía haber pedido que reaccionaramos antes, se nos podían haber pedido comisiones especiales, se nos podía haber pedido no dejar que la situación se nos fuera de las manos para acabar con ellas en la cabeza. Se nos podía haber pedido no aparcar la política europea de la cuota de, otra vez, refugiados, que debía acoger cada país. Se nos podía haber pedido que nuestro PIB , u otros datos macroeconómicos, los mismos que usamos para presumir de que hemos salido de la crisis, no nos sirvieran como excusa para cerrar nuestras fronteras.

Fronteras, qué curioso concepto, fronteras que hemos construido para protegernos los unos de los otros y que nunca deberían estar cerradas cuando se trata de protegernos los unos a los otros. Se nos podía haber pedido que interviniéramos, como se ha hecho otras veces. Porque en Irak había que entrar porque la situación era insostenible, porque “había armas de destrucción masiva”, porque ah! había petróleo.

Pero en Siria no hay petróleo, es solo una pieza solo del tablero de ajedrez de la geopolítica, Los que mandan, o sea los EE UU y sus amigos judíos, decidieron un día que el presidente -prorruso- ya no valía y había que desestabilizarlo. Así que desde la sombra, se decidieron a financiar la insurgencia, a apoyar económicamente a los rebeldes, entre ellos Estado Islámico, y así estamos; con una guerra civil de tres pares, que está haciendo a la población tener que salir por patas, de la manera más salvaje, con un éxodo como el de los israelitas de Egipto, pero sin Dios que les proteja ni Moisés que les guíe, con destino una tierra prometida, que no ha querido nunca compartir su maná,  que no ha querido saber nada de ellos hasta ahora y porque no hay más remedio.

Yo me enorgullezco de que este país vaya a acoger a miles de personas que nos necesitan. Pero sigo preguntándome cómo hemos dejado que esto pase. Esto y un montón de cosas más, no nos olvidemos de los saltos a la valla, de las muertes del Mediterráneo, de los naufragios, pero sobre todo del naufragio como especie humana.