Puerto Hurraco, un relato de terror 25 años después

1990 fue el año de la alfabetización de las Naciones Unidas y el de la LOGSE en España, la ley socialista que habría de sustituir a la Ley General de Educación de los 70. Dos símbolos para la década que empezaba.

España avanzaba a gran velocidad, eso nadie lo cuestionaba. El tiempo, y los malos resultados electorales, habían acabado con la carrera política del viejo Fraga a la Moncloa, y habían aupado a un joven y venturoso Aznar a la cabeza de un nuevo proyecto, el Partido Popular, que ese año celebraría su congreso “fundacional”. El PSOE seguía, por octavo año consecutivo, en el gobierno, y en Andalucía revalidaba por tercera vez la mayoría socialista, esta vez con un Manuel Chaves joven y reluciente al frente de la Junta.

El mundo estaba atento a Irak. Y a un pequeño país llamado Kuwait. Alemania reinaba en el fútbol, también en 1990, y en las pantallas un extraño personaje se había apoderado de la simpatía popular: Eduardo Manostijeras.

Dejábamos la década de los ochenta, la movida y el optimismo de las libertades. Encaminábamos los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Expo de Sevilla. Habíamos ido de Naranjito a Coby y a Curro. Parecía que, por fin, España entraba en la modernidad y desterraba, para siempre, el semblante oscuro de nuestra historia más siniestra, eso que Franco, aturdido, llamaba los demonios familiares, pero errando en la identificación. Nuestros demonios familiares residían muy a pesar suyo, aún, en la España profunda, la que había entre pantanos, podríamos decir.

El 26 de agosto de 1990 los hermanos Izquierdo, Antonio y Emilio, los Pataspelás, detuvieron el tiempo en Puerto Hurraco e hicieron retroceder nuestro reloj colectivo muchos años atrás: nos llevaron de nuevo, con espanto, al fondo de la España negra, la de la leyenda a nuestras espaldas.

 

hermanos izquierdo

Puerto Hurraco está en la comarca de La Serena, es una pedanía de Benquerencia de La Serena, una pequeña villa cerca de Monterrubio y de Castuera, donde hay juzgado, centro de salud y cuartelillo.

Los hermanos Izquierdo, Antonio y Emilio, irrumpieron en el centro del pequeño pueblo por un callejón al filo de las diez de la noche; desaliñados, mal vestidos con panas y cuadros y botas de campo, enfundados con cananas cruzadas y sujetando con ambas manos escopetas de postas del doce – un guardia civil, Vicente Salguero, diría más tarde que sus chaquetas pesaban ‘al menos cincuenta kilos por la cantidad de cartuchos que llevaban, mas de trescientos cada uno’ – desfilaron por un callejón en busca de sus víctimas. Y empezó la noche del horror, la matanza de Puerto Hurraco.

En realidad todo había empezado muchos años antes, quizá en algún lugar remoto de la memoria de las familias Izquierdo, los “pataspelás”, y los “amadeos”, la familia Cabanillas, se conservase la razón primera que los llevó a un enfrentamiento tan brutal como irracional, el que lleva de la enemistad al odio.

Las lindes, dicen algunos testigos del pasado, el empeño de los Cabanillas de arar sobre la tierra de los Izquierdo y la resistencia de estos al expolio. O el amor, dicen otros, la promesa de amor incumplida de Amadeo Cabanillas a Luciana Izquierdo, en los años 60. O quizá las dos causas acumuladas – el odio efervescente- abrieron el paso a que Jerónimo Izquierdo acuchillara en el campo a Amadeo Cabanillas, en 1967, hasta dejarlo muerto. Crimen por el que pagaría una larga condena hasta el año 1986.

En ese tiempo continuó hirviendo el odio enfermizo en la sangre de los Izquierdo, tanto que ya nunca pararía de hacerlo. Luciana lo alimentaba con el veneno del abandono sufrido, y sus hermanos y hermanas la seguían con la devoción de un fanatismo casi religioso. No poseían una gran cultura, apenas la alfabetización funcional, ni estaban al día en el que vivían. Su universo se cifraba en los años de condena del mayor de ellos, Jerónimo, por hacer cumplir lo que ellos consideraban justo. Y así llegó la respuesta de los Cabanillas por la muerte de Amadeo.

En Puerto Hurraco hasta bien entrados los años setenta y ochenta no había luz ni agua corriente en las casas. Atravesados por la pobreza, así vivían en las décadas anteriores a los ochenta en la Siberia Extremeña, la versión contemporánea de aquellas épicas Hurdes que retratara Buñuel en Tierra sin Pan. Los vecinos emigraban al País Vasco, a las fundiciones y altos hornos, a la metalurgia y a la siderurgia, buscando el futuro negado en la rudeza de la comarca.

Las pocas familias que habitaban el pueblo bregaban de sol a sol para ganar el pan. En ese medio, los Izquierdo habían logrado unas rentas y unos ahorros nada desdeñables: cerca de diez millones de pesetas guardados en ‘la cartilla’ de la caja rural. Una fortuna para gente a la que se quiso considerar inimputables por incapacidad mental. Los Cabanillas, por su parte, poseían tierras y negocios, aceitunas y cerdos. Las tierras y las lindes, en el origen del mal que los habría de mortificar a ambos.

Entrado el año 1984, un repentino incendio, del que la Justicia no encontró culpable o al menos no consideró pruebas suficientes para señalar a los amadeos como autores, pero que sí concluyó que había sido provocado, arrasó la casa familiar de los Izquierdo, y abrasó a la madre, que impedida en la cama, murió quemada viva. Algunos dicen, incluido el guardia Salguero, que los pataspelás intentaron apagar el fuego y salvar el frigorífico y la televisión antes que a la madre. Cuesta creerlo a la luz de los sucesos posteriores. Pero fuere como fuere, Luciana, al pie de las ruinas de su vivienda carbonizada, juró nueva venganza. Y más aún, cuando el juzgado archivó el caso sin señalar a los amadeos como culpables.

Aquel juramento enfermizo de Luciana transformaría definitivamente el alma dañada de sus hermanos. Se fueron del pueblo y se instalaron lejos, pero cerca: en Monterrubio, un pueblo vecino de la misma comarca. Para entonces ya podría ser efectivo el diagnóstico de los psiquiatras sobre los cuatro hermanos Izquierdo en el juicio posterior: “un trastorno paranoide con sobrevaloración de una única idea: la venganza”.

Porque a pesar del poder y el influjo de Luciana, los hermanos eran cuatro. Cinco con Jerónimo, y seis con Emilia, casada y distante de sus hermanos hasta el punto de abjurar de ellos tras la matanza: un personaje ausente de la familia y de la historia.

Emilio y Antonio, eran los varones. Y Ángela, la hermana menor. Emilio mandaba sobre Antonio, el pequeño de todos, pero el poder emocional lo tenía Luciana. A ella se entregaron y por ella actuarían en el futuro.

Poco después del incendio y de la muerte de la madre, Jerónimo Izquierdo salió en libertad tras haber cumplido 19 años de pena. Nada más salir de prisión, Jerónimo se encaminó a La Serena, fue hasta Puerto Hurraco y al encuentro de Antonio Cabanillas: para él, retorcido en prisión por el dolor y el deseo de venganza, el autor de la muerte de su madre. Y así lo dijo mientras lo acuchillaba una y otra vez.

 

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La casa de la familia Izquierdo que ardió con la madre, Isabel, dentro.

 

Efectivamente, el primer y único acto de Jerónimo en libertad fue contribuir a satisfacer su venganza y los deseos de Luciana. Pero sin éxito. Antonio Cabanillas habría de salvarse y Jerónimo morir en el psiquiátrico penitenciario apenas unos días después del intento de asesinato.

Los vecinos de Monterrubio de la Serena dicen que la familia Izquierdo apenas pisaba la calle y que las hermanas vivían bajo el velo misterioso de una posesión fanática mezclada con jaculatorias religiosas. Pero no parecían peligrosos. De hecho, consideraban que su locura era un mal aislado y circunscrito a su domicilio, donde en muchas ocasiones vivían con la luz cortada. Allí, entre sombras, se fraguaba el capítulo final de la venganza.

 

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Detención de Antonio Izquierdo. A la derecha el guardia civil, Vicente Salguero

 

 

 

 

 

 

En ese ambiente, la muerte en el psiquiátrico penitenciario de Jerónimo, encendió la mecha de los cartuchos finales para la venganza masticada tanto tiempo, cuatro años más reconcomiéndose. Luciana, considerada por todos, junto a su hermana Ángela, la instigadora e incitadora del crimen, pudo ser quien planeara la matanza.  El plan resultó inexistente y consistió, simple, pura y llanamente en matar a los Cabanillas y a todos los del pueblo que habían participado de la culpa de sus males y desgracias, según ellos.

Con ese ánimo, Luciana y Ángela abandonaron el pueblo para hacer de su ausencia calculada una coartada eficaz para lo que pudiera ser necesario. Y Emilio, el mayor, y Antonio, el pequeño, tuerto por los picotazos de un gallo y analfabeto total, se conjuran para la matanza y emprenden el camino sin regreso a Puerto Hurraco. En sus manos, las escopetas del 12 para postas, cartuchos que contienen nueve robustos perdigones de plomo y que se usan para cazar jabalíes, animales de gruesa piel. Su aspecto denota abandono y el desaliño no hace sospechar que van a construir un infierno en su pueblo natal. Por eso, subidos a su Land Rover, llegan al pueblo sin crear sospecha. Y cuando se cruzan con algún vecino, le anuncian: vamos a cazar tórtolas.

 

 

Pero no eran tórtolas tras lo que iban. Al filo de las diez cruzaron un callejón y enfilaron la calle Carrera, la principal de un diminuto núcleo de viviendas en un pueblo de 140 habitántes. Cerca, la casa familiar donde murió la madre; más allá, casi en lo alto, en las afueras, la de Antonio Cabanillas; de frente, un bar.

La música del local distrae la atención en la noche de verano. Se escucha la canción de Objetivo Birmania, Los amigos de mis amigas son mis amigos, el calor anima al divertimento, las vecinas se sientan en sillitas frente a sus casas encaladas siguiendo la costumbre, tan andaluza como extremeña. E irrumpen los Izquierdo, los pataspelás, y sus armas. Van directos, saben lo que hacen, hasta la puerta del bar donde unas niñas cantan la canción de moda; son las Cabanillas, Encarnación y Antonia, de doce y catorce años. Cuando salen a la calle les descerrajan los primeros disparos que parten, literalmente, sus cuerpos infantiles con los dieciocho golpes de plomo de las perdigonadas. Allí, en mitad de la calle quedarán muertas. Solo sobrevivirá una hija de Antonio Cabanillas, María del Carmen, que se ha ausentado casualmente y que llegará a tiempo para sentir el último suspiro de una de sus hermanas.

 

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De ahí en adelante, se consuma la brutal matanza. Todo lo que se mueve recibe un disparo. Sin distinción de sexo, edad, sin atender suplicas ni aceptar movimientos esquivos. Nada escapa. En pocos minutos, siete muertos y doce heridos. De estos últimos, dos engrosarán la lista de defunciones unas horas más tarde. Entre las víctimas, la pareja de la Guardia Civil de Castuera que acudió a la llamada de un vecino. Los Izquierdo, apostados finalmente a la entrada del pueblo, liquidan a quienes intentan entrar o salir.

Son unos minutos. Pocos. Pero eternos. En Puerto Hurraco se detiene el tiempo. En España, los relojes comienzan a girar en sentido contrario. Mientras las postas hacen blanco, los segundos, los minutos, las horas, días, semanas, meses, años y años retroceden en el calendario imaginario de una España a punto de abandonar el pasado y adentrarse en el futuro.

 

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Las televisiones privadas acababan de empezar a emitir, y la matanza de Puerto Hurraco fue una oportunidad para conquistar audiencias. En la imagen, un periodista de televisión subido al tren en que viajaban las hermanas Izquierdo.

 

Todo vuelve atrás en esos instantes. Las calles de la pequeña pedanía se llenan de sangre de los muertos y de los heridos. España se tiñe de negro: el mismo negro de luto que visten las hermanas Izquierdo desde la extraña muerte de su madre y que será visible en las pantallas de los televisores los días siguientes. Fruto de las transformaciones del país, acaban de comenzar sus emisiones las televisiones privadas y Puerto Hurraco incendiará las parrillas. Nunca mejor dicho. España se cubre, de nuevo, con la leyenda negra de su historia ancestral.

 

Al final de la matanza, hartos ya de caminar disparando, los hermanos Izquierdo se dan a la fuga. Uno, Antonio, huye al campo; el otro, Emilio, se acomoda más allá del último muro del pueblo, bajo un naranjo. Allí lo encontrará la batida de la Guardia Civil organizada al día siguiente. A Antonio lo cazan como a un animal salvaje mientras Emilio se entrega sin remordimiento ni compasión: si no nos cogen, hubiéramos vuelto para dispararles en los entierros, dice; “Matadme si queréis, matadme.” Vicente Salguero, el guardia civil que detiene a Emilio, afirma: miraban como los toros al salir del chiquero.

Presos estaban.

La historia cuenta que el juicio dejó condenas de 684 años para los dos hermanos. Y que las hermanas fueron procesadas como incitadoras pero que el tribunal declinó atribuirles esa responsabilidad porque la inducción prevé que el inducido carezca de voluntad por incapacidad o edad. No era el caso. Los dos varones van a la cárcel pero Luciana y Ángela entrarán en el psiquiátrico provincial. Ninguno saldrá más en libertad, salvo para las visitas ocasionales de las hermanas a la cárcel a reunirse con sus hermanos, las otras extremidades de un mismo cuerpo dirigido por Luciana.

 

 

Poco a poco irán muriendo; primero las dos hermanas, en 2005. Después, Emilio, por causas naturales y, finalmente, Antonio, ahorcándose en la celda.

Solo quedan, veinticinco años después, los recuerdos y la memoria. La única hija de los Cabanillas superviviente de la matanza, María del Carmen, ingeniera y madre de dos hijos, vive lejos del pueblo. Todo se ha desvanecido. Todo. España ha vuelto a su camino. Ha habido otros momentos de oscuridad, aunque nunca hemos vuelto a un tiempo tan negro como al que nos llevaron las turbias manecillas del reloj de Puerto Hurraco, aquél verano de 1990, cuando España aún creía en los sueños olímpicos o en la pasión de las exposiciones universales.

Como si España no volviera a ser España cada vez que están en cuestión las lindes de las tierras.