Sánchez iza la bandera camino a La Moncloa

Desde que Santiago Carrillo asumió en la transición democrática que la bandera nacional debía presidir los actos del PCE, relegando la republicana a un segundo plano, la enseña rojigualda no había adquirido tanta relevancia en un mitin político como la que tuvo ayer en la proclamación de Pedro Sánchez como líder indiscutible del PSOE y candidato socialista a la presidencia del gobierno.

Sin previo aviso, y con la intención de provocar un shock positivo, la bandera se hizo presente ocupando todo el fondo del escenario mientras el secretario general del PSOE desgranaba las razones que lo impulsaban a defender la unidad de todos en torno a un programa de cambio. El eje de esa unidad, podía entenderse, estaba en los valores constitucionales y democráticos de la bandera, símbolo común a todos a los votantes moderados. Y así quedo nítidamente expresado. El acto del Price fue uno de esos en los que una imagen se superpone a las retóricas mil palabras y explica mejor que ellas el significado de una propuesta.

Esa audacia le ha valido a Sánchez el reencuentro con la oportunidad de ganar las elecciones, puesto que ha demostrado ser capaz de noquear y desdibujar el discurso fatalista del PP tan solo unos días después de que este copara las primeras de todos los diarios con unos cambios en la dirección del partido encaminados a mejorar la imagen. En comparación y a pesar del esfuerzo, una filfa.

El PP ha demostrado que desde que sacara de paseo a una niña que los hundió en las postrimerías de un debate electoral perdido, no es capaz de dar con recursos eficaces de imagen para hacer valer su alternativa. Más bien, todo lo contrario. Para la historia quedará el vídeo del café, con Floriano a la cabeza preocupado por la ‘falta de piel’ para explicar la acometida del gobierno sobre las políticas sociales, impuestos y otras medidas que han congelado los sueños de los españoles durante tres largos años.

En cambio, Pedro Sánchez suma y sigue. Ha encontrado su espacio y lo ha significado con una sola imagen – la misma que siempre ha estado ahí y que nadie en sus filas se había atrevido a hacer valer como ejemplo de su propuesta – que explica mejor que nada la tendencia moderadora de su partido en un contexto de doble radicalidad: la de Podemos, por un lado, pero también la del PP por el extremo opuesto.Sánchez ha neutralizado los insultos, exabruptos, amenazas, miedos y todo tipo de maledicencias esgrimidas por el PP para quedarse con el espacio de centro en el que, dicen las encuestas, gravita la mayoría del electorado.

Pedro Sánchez tiende a arriesgar, y lo hace con contundencia. A la audacia le une una inteligencia capaz de adivinar los espacios vacíos que en política siempre se llenan, según nos recordaban viejos teóricos. Lo hace en un momento crítico, cuando parece que todo va a la deriva, y con su tenacidad imprime el carácter de solidez que uno tiende a sospechar que no hay en otras iniciativas políticas.

No trata de repetir la historia recurriendo al viejo lenguaje de los socialistas que se repite una y otra vez, sin originalidad y sin habilidad para conectar con la inmensa mayoría actual, y evita los lugares comunes donde tan cómodos están los personajes que aún nos castigan con su insistente presencia en la actualidad. Ha roto con una parte vacua de la política que tenía pretensiones de significar algo pero que hace ya mucho que no quiere decir nada; por eso, sus recursos impactan y llaman la atención. Frente a lo previsible en política, lo insospechado, en apariencia, que da lugar a renovar la credibilidad y a creer que de verdad hay voluntad de hacer algo nuevo en este solar.

Sánchez ha acertado con la bandera y el discurso de la centralidad: a diferencia de otros que pretenden ocuparlo, el lo ha explicado con un discurso, un gesto y una imagen. Y le ha salido bien. Ha vuelto a superar en expectativa a Rajoy, le ha dejado a este con un discurso agrio, impertinente y agresivo que ya llevó a Aguirre a la derrota de Madrid. Además de contar en su nuevo equipo – dedazo mediante – con un imputado y unos jóvenes cachorros con todo por demostrar, y Arenas o Moragas, cuya presencia latente es un hecho desde el día uno de su mandato, Rajoy carece de argumentos para dar credibilidad a un proyecto enfangado en la corrupción, la mentira, los incumplimientos y la insensibilidad social.

A Podemos los ha colocado en su espacio natural, la izquierda a la izquierda del PSOE, por más que ellos pretendieran ser otra cosa transversal. A Ciudadanos le ha arrebatado la defensa de los valores de unidad nacional con los que C’s pensaba encarar el futuro electoral inmediato utilizando a Rivera como icono de su enfrentamiento con el nacionalismo. Ahora sí, de momento, Pedro Sánchez ha ocupado el centro y la centralidad, ambos conceptos en una sola imagen.

Sus únicos problemas vendrán como siempre de quienes aprovechen este gesto para tratar de debilitar sus oportunidades. Y eso, claro está, solo puede suceder en casa.