Lorca, así que pasen más de cien años

 

Desde el Barranco de Viznar se divisa el abismo de la memoria. No hace falta asomarse a la sepultura imposible de Federico, ni hurgar más en la tierra. Rescatar sus restos para llenarlos de homenaje y respeto es una tarea de civilidad que compromete a la buena voluntad de las personas, y no conseguirlo es un drama que evidencia la oscuridad en la que vivimos, aún ocultos en las sombras de la historia.

Hace más de cien años nacía Federico García Lorca, poeta de Fuente Vaqueros, Granada. Una vida interrumpida para empezar otra distinta, ajena a sí mismo pero igualmente suya. Una vida de letras y arriesgadas aventuras sociales. Una vida de libertad individual sin despreciar, por ello, las causas justas de los más. Del teatro infantil de guiñoles, de las clases de piano con Manuel de Falla a las misiones pedagógicas de la República, la Barraca, el acercamiento del Siglo de Oro a las aldeas campesinas de España para mostrar el genio artístico de los vanguardistas con sus escenografías presentando las obras de Calderón, Cervantes o Lope.

Del modernismo a la vanguardia, de la tradición folclórica andaluza y de Góngora al simbolismo o la fusión inteligente del romance y el verso libre, del octosílabo y la métrica del Romancero, de los sonetos a la introspección onírica del surrealismo. De lorca a Lorca, atravesando Nueva York, Buenos Aires o Montevideo. De Lorca a Lorca, de Lorca a Xirgú, de los muñecos del guiñol a las tablas del Español, de Bernarda Alba a las Bodas de Sangre, y Mariana Pineda, tejedora de ideas. De la noche gitana, yunque y martillo, fragua y fuego, al negro de ojos asustados en Brooklyn. De Juan Ramón a Neruda, de Granada a Madrid, de Madrid a Granada, de la poesía a las balas, de la tertulia de café centenario a la compañía en la muerte de un maestro y dos banderilleros.

Lorca es la modernidad de una España que resurge de las cenizas del 98, que se inspira en los institucionalistas y su modelo social y progresista, que mira a la filosofía del 14, la pluma y el papel, la conferencia dictada, el guión cinematográfico, el arlequín dibujado en los Altos del Hipódromo. El amor, el amor que inspira y ciega, el amor que hace huir y buscar refugio más allá de la literatura, del arte, de la imaginería estética del nuevo siglo. Lorca es Dalí, surrealismo e indiferencia. Es amistad. Lorca creía en sus amigos y los colocaba en la barrera que protege del miedo. A ellos encomendó su destino. Y Lorca es muerte, noche, luna, sangre derramada, agua estancada. Muerte.

Lorca nació hace ciento diecisiete años la primera vez. Nació de nuevo en 1936, la madrugada del 18 de agosto, mirando a la muerte de cara, luna nueva en el cielo, España perdida en un baño de sangre. Como en el galopar de un caballo en la noche gitana de cuchillos, sangre y muerte. Así murió Federico para nacer después, en el mismo Barranco de Viznar, para ser universal, para estar entre nosotros cada día, cada año, para siempre, como un romance que atravesará el tiempo, así que pasen más de cien años.