PP: el incierto resultado que viene

 

Mariano Rajoy navega contra los malos vientos y las corrientes traicioneras defendiendo su mensaje de optimismo sobre el futuro económico de España. En la travesía hacia las elecciones defiende también lo que es sólido y consistente: el bipartidismo, y a medida que avanza el proceso electoral, lo único que defiende con convicción es el interés de España:es decir, al PP. No hace caso a los cantos de sirena, pero alerta contra Ciudadanos, que le parece un subproducto del malestar y la coyuntura, y no una consecuencia penosa de la larga lista de corruptos que salpican la honorabilidad de su partido, o del daño causado por sus ajustes sociales sin empatía alguna.

Considera Rajoy que el PP es una garantía y que Ciudadanos ahora, como antes Podemos, son aventuras románticas que se basan en el atractivo audiovisual y la simplificación propia de las tertulias.

Pero la verdad es que el PP se precipita por el abismo de las encuestas y ni siquiera Esperanza Aguirre, martillo de herejes contra todos los además, es capaz de detener la riada de votantes que abandonan la disciplina ‘popular’. Por el contrario, precisamente Madrid es una de las plazas más inseguras del PP en estos momentos.

Que el azul teñirá en gran medida el mapa de los resultados del día 24 es poco dudoso, pero lo hará a costa de perder más de un tercio de su electorado, según vaticinan los sondeos, y eso supondrá que en muchos casos dependerán de una segunda fuerza o que tendrán que pasar a la oposición por una alianza de la izquierda. La sentencia electoral es aún imprevisible, y el papel de los indecisos es hasta ahora la coartada electoral del partido de Rajoy, y más aún de sus sociólogos de cámara, gurús que despiertan poco cariño entre los dirigentes.

¿Puede un mal resultado del PP suponer la caída del presidente?

En otro país, sí; en España, no. Rajoy ha descontado ya de su agenda cualquier responsabilidad por el resultado y como este, en el peor de los casos, afectará a todos, nadie osará exigirle una responsabilidad política que no forma parte de la tradición del PP. El presidente manda, no es mandado. Por el contrario, reforzará su estrategia electoral para noviembre y hará de su liderazgo el motor imparable de una campaña intensa que durará, esta vez, cinco meses.

Si por el contrario, el resultado es satisfactorio y las alianzas consolidan los gobiernos municipales y comunidades más importantes, la maquinaria política del partido y la agenda institucional del Gobierno serán igualmente demoledoras para asegurar una nueva mayoría absoluta, que pasará a ser el objetivo electoral de la campaña.