España culmina la fase de fiebre inaugural

Rajoy se ha hecho una maratón inaugural por todo el país en tiempo de record mundial. Los votantes, fascinados, acudirán a las urnas enfervorecidos a votarle por sus brillantes hitos encadenados en la agenda presidencial. Los alcaldes nos regalan acondicionamientos de jardines, limpieza de obras y culminación de nuevos servicios – empobrecidos, pero servicios – y todos caeremos fascinados por la fastuosa obra municipal que nos hace mejores vecinos a todos. Los de la oposición al gobierno, en los municipios o comunidades, se quedan a dos velas, denunciando los fastos pero envidiosos de las oportunidades que brinda el presupuesto en vísperas electorales.

Los políticos siguen marcha atrás mientras la política viaja hacia el futuro. No se entiende si no que los viejos métodos atrapa ingenuos se sigan practicando como si fueran obras divinas, al mismo tiempo que la gente, harta de tanta codicia del poder, se inhibe de ellos y mira hacia otras fuentes. Los nuevos aún no están contaminados por la fiebre inaugural ni por los pecados del poder. No es que no vayan a caer en la tentación, porque de eso pocos se libran, pero aún están inmaculados y si son listos denunciarán las trapacerías del poder establecido en los tijeretazos al servicio público o a la cinta de las inauguraciones.

España se vestirá de lagarterana, es un decir, en los próximos días. El respeto a la Semana de Pasión dejará paso a la Feria de Abril y a las ferias electorales. Todo en España tiene su relato festivo y ya se sabe que la cursilería adorna más que los farolillos de Sevilla. En mayo será la gran fiesta de la democracia – en desafortunada locución consagrada en tiempos de resaca dictatorial – y toda verbena que se precie tiene alcalde, banda de música y puesta de tiros largos. Estas han sido las inauguraciones de última hora pero eso no nos librará de la monserga festivalera. El sorbete lo ponen los programas electorales y el brindis de celebración, el discurso político inoportuno.

En España vamos de modernos, pero somos más cañís que otra cosa

En España vamos de modernos pero somos cañís, nos acercamos a Lope o al lazarillo por ventura de un guionista con imaginación de ciencia ficción y en realidad nos consumimos en la pantalla del televisor llorando con los exabruptos de la Esteban y las naderías de sus correligionarios de programa.

Se nos cae de las manos el progreso. Los regeneracionistas quisieron una España de agricultura, técnica y letras. Como antes lo habían soñado los ilustrados. Los institucionistas hicieron una obra magna en la enseñanza y las misiones pedagógicas curtieron España con sus saberes extendidos por los municipios, los mismos que hoy asisten perplejos al contubernio de las púnicas y las gürteles. Al final ni piedad, ni paz ni perdón: nos devoramos en la guerra – no en la púnica, precisamente – y desde entonces el futuro depende del dinero y de los movimientos de cuenta.

Nos cuelan las inauguraciones porque ya es lo último que queda para justificar la existencia de la mediocridad al mando. Viviremos cincuenta días y cincuenta noches de dianas floreadas preelectorales y electorales fuera de cacho y todo ello será por el bien de la estabilidad. Y si para ello hay que promover el pan y el circo, vayan por delante los doblones necesarios, que ya habrá un López Viejo o un Cotino que les saque tajada. Y si la cosa no rula, unos buenos eres pueden con todo.

Hemos cambiado la Residencia de Estudiantes por la formación de sindicatos y empresarios, y así estamos: inaugurando tramos de autovía o concursos en la tele. La España inaugural llega a su cenit, eso iguala en la parrilla de salida a todos los partidos que evocan aquellos tiempos sin matices en los que retumbaba por la piel de toro el eco inconfundible: ¡Queda inaugurado este pantano!

Nos toman por bobos