Túnez se revuelve contra el islamismo radical

 

Cuando en 2011 el joven Mohammad Bouazizi se prendió fuego en una plaza de la ciudad de Sidi Bouzid, en Túnez, se desató una movilización popular de indignación que se extendió por todo el país y por una gran parte del mundo árabe. Así empezaba la llamada Primavera Árabe. La muerte de Bouazizi, que fue el detonante de la revolución tunecina, provocó que un mes después el dictador, Ben Ali, saliera del país al exilio con su familia tras permanecer veinticuatro años en el poder.

Las revueltas en Túnez cogieron al mundo occidental por sorpresa. Los veinticuatro años en el poder de Ben Alí dieron al país una imagen pública internacional de estabilidad. Túnez no tiene los recursos naturales de sus vecinos Argelia o Libia, pero sí ha tenido una mejor organización administrativa y económica que le había otorgado cierta prosperidad. Era el país de la franja norte de África menos islamizado, con mejores relaciones con Europa, especialmente con Francia, y también con España.

El mismo año, el otoño de 2011, se celebraron elecciones libres tras la legalización de los partidos de la oposición, elecciones que ganó el partido islamista moderado Ennahda, aunque no con una mayoría suficiente. Esta situación obligó a este partido a buscar consensos con la oposición laica; el consenso conseguido dio lugar a una transición política y a la aprobación en enero de 2014 de una Constitución, la más avanzada del mundo árabe. La aprobación de algunos artículos provocó una intensa emoción, lágrimas y que los parlamentarios puestos en píes entonaran el himno nacional.

Artículos como el que afecta al reconocimiento de los derechos de los exiliados políticos o el más relevante para un estado árabe como es el de la igualdad de la mujer, se garantizan en la nueva constitución: “los derechos adquiridos por la mujer”, la “igualdad de oportunidades entre el hombre y la mujer” y “la paridad en las asambleas electas” e incluso que las listas de candidatos sean paritarias y en ellas, se vayan alternando hombres y mujeres al 50%, definen ese capítulo constitucional. Otro artículo importante es el relativo a la religión: se “garantiza la libertad de fe, de conciencia y el libre ejercicio del culto”, permitiendo a un musulmán cambiar de religión, sin la acusación de “apostasía”. Eso sí, el jefe del Estado, aunque elegido por sufragio universal, debe ser musulmán.

La sociedad civil de Túnez está organizada

Auténticos logros democráticos que han sido posibles porque la sociedad civil tunecina estaba muy organizada y movilizada. Probablemente, es el país que tiene una sociedad civil más dinámica.

Pero nunca han desparecido de Túnez las sombras de injerencias extranjeras. Amine Ghali, director del programa de Al Kawakibi, Democracia Centro de Transición que trabaja en temas de democracia y de la transición del mundo árabe, aseguraba que: “Se trata de aquellos que no quieren que una democracia se consolide en Túnez y que ejercen su influencia a través del dinero, es decir, de los árabes del Golfo”. El propio presidente tunecino, Moncef Marzouki, ha hablado en el diario francés Le Monde, del “veto de potencias árabes que no desean que el proceso democrático tenga éxito”.

Y así está ocurriendo. Grupos de militantes salafistas, el islamismo suní ortodoxo que es la religión mayoritaria del golfo pérsico, han tomado fuerza en diferentes zonas del país. Y en los últimos dos años ha habido un repunte de la actividad terrorista, que nunca antes había sido especialmente significativa. En las fronteras con Argelia, Malí, Marruecos o Mauritania se han recrudecido los atentados y emboscadas, siendo la Guardia Nacional un objetivo prioritario: en una de estas emboscadas en Mont Chambi, asesinaron a quince guardias nacionales; otros cuatro fallecieron en un ataque en Kaserine, atentados que fueron atribuidos a las células islamistas radicales afines al grupo Al Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI) y a la rama norteafricana del Estado Islámico.

Otro dato muy revelador es que Túnez es el país del que han partido un mayor número de yihadistas para sumarse a las filas del Estado Islámico.