Un debate de espaldas a la sociedad y a las encuestas

 

En realidad el debate del Estado de la Nación nunca ha sido una cita para una gran audiencia de españoles y nunca han llegado a cosechar la misma atención que cuando se producían los tensos debates parlamentarios en la época de la UCD, como por ejemplo cuando el PSOE presentó su fallida moción de censura para desgastar a Suarez más entre los suyos que para conseguir derribar a su gobierno.

Entonces eran interesantes y contenían el fondo político y social de una actividad pública viva y encendida. En el Congreso reverberaba la pulsión de una sociedad que asistía a la política con cierta fascinación heredada tras años de silencio dictatorial.

Los años del felipismo dejaron mudo al Parlamento

Los años del felipismo dejaron mudo al Parlamento. Se institucionalizó la figura del jefe de la oposición, sin éxito conocido. Y se fue vaciando la vida parlamentaria del contenido político que debía mantener activo el espíritu cívico de una sociedad atenta a sus gobernantes. Los llamados años de plomo del terrorismo fueron también los años vacíos de la política. Felipe acudía con desgana y los debates del estado de la nación con Mancha, Herrero de Miñón o Aznar carecían del latido que despertara la atención. Eran juegos de salón con discursos sin valor de fondo. Era la época del parlamento-administración coincidente con la proclama de aquel funcionario americano que señalaba el fin de la historia

Aznar logró devolver al Parlamento la consistencia pública que merecía. Lo hizo por torpeza e incompetencia para el diálogo y la tolerancia. Tras disimular su férreo espíritu autoritario cuando hubo de pactar en su primera legislatura – hablaba incluso catalán en la intimidad y decía leer a Lorca – acabó poniendo los pies sobre la mesa del presidente americano y de sacar los pies del tiesto en las Cortes españolas. Sufrió hasta un plante de fotógrafos que se negaron a retratar su paso por el hemiciclo en los meses de la guerra y de la muerte del cámara José Couso. Desde el Parlamento sacó a la gente a la calle. Su torpeza fue recompensada con una soberana derrota.

Zapatero ni fue buen parlamentario, a pesar de haberse aposentado en su escaño varias legislaturas, ni condujo con profundidad ninguno de sus discursos parlamentarios como Presidente. Carecía del mínimo entusiasmo y cumplía la figura del burócrata a pies juntillas. La falta de trasfondo político o intelectual culminó cuando leyó, en mayo de 2010, las órdenes de Bruselas para gestionar la economía y poner fin a la integridad del Parlamento con un aplauso patético.

Rajoy, con sus insultos desmedidos y su lenguaje de desprecio tan chabacano para juzgar el estado de la nación en aquellas sesiones de la crispación, rebajó el parlamentarismo de este debate a la mínima expresión de la elegancia.

Rubalcaba llenó los debates de vulgaridad administrativa cuando la gente reclamaba más política

Rubalcaba los llenó de vulgaridad administrativa cuando sucumbió a la tentación del liderazgo y logró su personal principio de Peter, y mientras la calle vibraba llena de indignación y de rabia, él hablaba de Draghi como lo hacen dos forenses de la economía tomando un cortado en la cafetería de un Ministerio.

Rajoy hablará en el debate de la economía española como antes se hablaba de la nación histórica pero sin remontarse ni a la unidad de destino universal – concepto que es probable que sí esté en esencia – ni a los reyes católicos, sí se atendrá al guión de la “herencia recibida” y mirando hacia atrás justificará que, aunque no lo parezca, estamos en el mejor de los mundos posibles. Es año electoral y la tribuna del Congreso será su plataforma. Seguramente despreciará a Sánchez, su nuevo adversario, atribuyendo un futuro desalentador entre los suyos. Puede que hasta presuma de enfrentarse con el segundo hombre del PSOE que le ponen en suerte en un debate del estado de la nación.

Sánchez se estrenará en este debate con un verdadero cara a cara

Sánchez se estrenará en este debate con un verdadero cara a cara y no en la pantomima cronometrada de los miércoles, una falsa apariencia de control gubernamental. El debate exige discursos sólidos y réplicas audaces, porque eso determina quién lo gana. La expectación no estará en el discurso victorioso de Rajoy sino en la interpretación que haga de él Pedro Sánchez.

Aún así, será un debate sin pretensión de pasar a la historia por la calidad dialéctica. Eso lo asumen los protagonistas. Y lo más probable es que termine en un rifirafe sobre corrupción y basureo diverso, que es lo que últimamente prima.

El debate, sin apenas repercusión ni en votos ni en opinión pública – más bien solo en la publicada, y cada vez con menor influencia social – no contará con dos realidades emergentes bien situadas en las preferencias de los españoles: Podemos y Ciudadanos. Por tanto, nace ya con déficit de interés político y sobre todo de futuro.

Y una vez más, en el debate se echará de menos la voz recia y contundente del diputado aragonés Labordeta, que hablaba con conocimiento de causa y fascinante sinceridad con el mismo lenguaje apasionado con el que los españoles se expresan de espaldas ala puerta de tan magna institución parlamentaria.