Bárcenas, el crack, y Aznar, superyo, amargan a Rajoy

 

Bárcenas puso en pie al PP. Lo hizo de manera indirecta, es cierto, pero consiguió que ese efecto unificador que a veces provoca la adversidad en los prolegómenos de un desastre, cuando el fervor se anticipa al miedo, se manifestase en la Convención del PP. Bárcenas, el convidado de piedra, ausente materialmente pero presente en esencia, se impuso por horas y marcó la agenda de la reunión ‘popular’. A pesar de que el director de su cárcel le diera ‘bola’, según el lenguaje carcelario, y abandonara el módulo cuatro – al que saludó alzando cuatro dedos -quién sabe si habrá de volver y por eso mejor la buena relación – minutos después de los informativos del ‘prime time’ en las televisiones; así que la atención a las pantallas se expresó en diferido, como suelen hacerse las cosas con él.

Desayunamos, comimos y cenamos con Bárcenas

De este modo, en vez de quedarse con la audiencia del jueves por la tarde, Bárcenas desayunó con los espectadores de la mañana, comió con los del mediodía y cenó con los de la noche del viernes. Tres por uno. Y se merendó la antesala de la tan trabajada asamblea del PP. La torpeza suele ir de la mano de los malos momentos porque es en ellos cuando más falta hace la inteligencia y cuando más obvia se manifiesta su carencia. Este es el caso. Y lo apuntó el mismísimo Bárcenas. en el PP, Floriano, el problema no es de piel, es del cerebro de algunos Y si además Bárcenas se muestra locuaz, incluso parlanchín, elegante y cercano, risueño y dicharachero y ofrece titulares a mansalva sin despeinar su cabellera plateada, pues el resultado es incuestionable: la fiesta queda aguada sin remedio antes de su comienzo.

 

La épica de Aznar ningunea al presidente del Gobierno

 

Ni Aznar y su épica pueden pueden volver difusa la realidad y velar lo que es bien visible para todos. El presidente de honor hizo un esfuerzo por referirse al PP, pero no se engañen, habló de sí mismo. Y de hecho, hoy ha vuelto al ruedo, como los toreros ovacionados salen de nuevo al centro del coso, aunque él nunca se va, siempre está presente, según sus propias palabras. Se refirió Aznar a su limpieza y puso la mano en el fuego por sí mismo. Nada más. Boquiabierto, Rajoy, contemplaba la inquina encubierta de su antiguo jefe: nada de recuperación económica, nada de haber cumplido los requisitos, nada de Europa, nada de nada. Solo Aznar. Y las preguntas del millón.Quiénes somos, a dónde vamos, etc, pero no de dónde venimos, que él lo sabe bien.

 

Rajoy debió maldecir al asesor que le recomendó invitar al jefe, pues Aznar se ha desvelado como su peor adversario. Él solo está dispuesto a reivindicarse a sí mismo, y a su PP, según su imagen y semejanza, y no a Rajoy y la política, durísima política que ha llevado a término por indicación de los socios europeos, poco aduladores y muy exigentes.

Y Bárcenas, de nuevo. Rajoy cobraba sobres que le llevaba Don Álvaro Lapuerta a su despacho de Génova y a su despacho ministerial, dice el convidado de piedra. Y es que, según él, había que compensar la pérdida de poder adqusitivo que se produce al entrar en el Gobierno. Tremendo. Pero esto dicho con contundencia serrana y entre sonrisas y bromas con los amigos de la prensa, que ya no son ni la canalla ni los merecedores de su dedo despreciativo.

Bárcenas es un volcán

Bárcenas es un volcán en plena erupción y aún sin haber alcanzado su punto máximo. No hay asesor de imagen ni experto en comunicación, de esos que salen como setas, que hubiera logrado del tipo más estigmatizado de España una irrupción tan estelar. Prodigioso. Se le ve espléndido, natural, sincero, creíble. Se le ve hasta honesto en su locuacidad acusadora. Y se permite el lujo de mostrase preocupado por la corrupción que hay en nuestro país.

Yo soy una persona generosa pero hasta ese punto no, vino a decir, refiriéndose al pago de las obras en la sede del PP.  Cogidos por la marea que siempre vuelve cumpliendo su ciclo lunar, Bárcenas los ha sitiado en su propio foro imperial. Y Aznar se ha limitado a empujar suavemente, mostrándose a si mismo con toda la delicadeza de la que es capaz. Ninguna.