¿La libertad amenazada por el fanatismo y la seguridad?

 

Para defender el derecho de Charlie Hebdo a publicar en libertad sus sátiras no es necesario leer la publicación ni reírse con sus chistes. Uno puede vivir en la ignorancia absoluta sobre ese medio y sentir como propio el golpe que le han asestado. En eso consisten las libertades, en garantizar que cada uno sea libre para hacer en libertad aquello que cree conveniente, a informar o saberse informado, a conocer opiniones y opinar, a manifestarse contra algo o a favor de algo, a reunirse con quién quiera o a organizarse con otros para compartir ideas o creencias. Entre esas libertades está la de prensa, expresión y opinión, y también la religiosa.

No es un tema menor el de la libertad religiosa. Ha sido un asunto de extraordinaria complejidad conseguirla. Ha provocado guerras, represión y persecución. Europa se incendió muchas veces contra las prácticas de las confesiones no oficiales. Ha habido guerras santas y cruzadas, expulsiones de comunidades y tribunales que perseguían prácticas y costumbres religiosas no aceptadas oficialmente. Los viajes de Colón se basaron, entre otras cosas, en la inspiradora idea evangelizadora de la reina católica y los colonos del May Flower eran puritanos perseguidos. La fe no es que mueva montañas, es que mueve con bastante soltura ejércitos e intereses y se afinca en los despachos del poder y en los patios de armas con tanta comodidad como intransigencia.

La libertad de culto ha sido una conquista del progreso y la convivencia entre religiones un bien social que ha facilitado periodos de paz como los que hubo en algunas localidades en la España de la Alta Edad Media. Pero eso fueron islas de tolerancia que no duraron mucho. La verdad es que en el XIX español, el conflicto entre constituciones liberales y moderadas lo ponía, entre otras cosas, la cuestión religiosa y que ésta fue una de las causas que nos llevaron a los españoles a desangrarnos en la guerra civil.

 

La libertad de prensa no ha corrido mejor suerte en la historia

 

La libertad de prensa no ha corrido mejor suerte en la historia, y las persecuciones abiertas con la legislación en la mano y en la porra o camufladas en forma de represión encubierta atacando imprentas y diarios, han ido paralelas a su desarrollo como medio de expresión. Sin prensa hubiera sido inconcebible el auge del liberalismo. Las libertades son el juguete roto de la política y cuándo alguien quiere asegurar su posición de poder mira hacia ellas con el desdén de quién las desprecia para luego tratarlas con el rigor de quienes las temen.

Defender el derecho de otro a escribir u opinar sobre algo es un bien que asegura el nuestro para poder hacer lo mismo cuando queramos sobre lo que nos interese. No existe ni el buen gusto ni la condescendencia, sino la razón que nos asiste para asegurar el derecho individual y colectivo a expresarse y a disponer de la opinión que nos venga en gana en cada circunstancia. También el derecho y la libertad de no compartirlo, ignorarlo o de expresarse en contra.

Pero el poder no piensa así y tiende a inculcar la idea de la autolimitación, ya sea por decoro o por respeto y siempre tentado de decir que lo hace por nuestra protección o seguridad. Dos ideas que encierran una maldad intrínseca. Nadie tiene la obligación de leer Charlie Hebdo, ni de practicar una fe u otra. Ni de compartir una idea ni de ver, por ejemplo, una película porno. Que los demás lo puedan hacer cuando lo consideren es su derecho y nos garantiza que lo que nosotros queramos hacer en nuestro ámbito no será vigilado ni puesto en cuestión con la misma pretensión moralizante como subterfugio. Se empieza por prohibir por sus ofensas una publicación satírica y se termina por prohibir una opinión que ridiculiza al poder o simplemente lo pone en cuestión. De eso saben mucho, por ejemplo, los americanos que ocultan y mienten y luego persiguen a los que los descubren porque ponen en peligro la ‘seguridad’.

Y llegados a este punto topamos con el dilema de la seguridad. Nadie quiere morir en un atentado, pero nadie quiere que para evitarlo le pongan cerrojazo a su forma de vida, ni a la suya ni a la de sus vecinos. Se puede truncar ésta por las amenazas de los salvajes pero también por leyes salvajes que condicionan derechos adquiridos que forman parte de esa idea de civilización que se dice querer defender con tanto ahínco.

En esas estamos. Los mismos que claman contra los fanáticos del islam han querido meter en la cárcel a un parodiador de los robos del PP, un presentador de internet llamado Facu Díaz. Y si no fuera porque aún queda algo de sentido común en la sociedad, estaría ahora procesado y con el rumbo de la cárcel marcado en su agenda. Pero eso no es anecdótico, porque cada poco se intenta hacer lo mismo con otros muchos sin mayor trascendencia mediática.

Sin ir más lejos, para ver el alcance que tiene la tentación de cortar la libertad, con la excusa del horario infantil, la corrección moral ha querido suprimir de la parrilla televisiva un programa llamado Sálvame. Lo intentan los mismos que permanecen mudos ante la proliferación de la violencia en las cadenas de televisión, por ejemplo; es decir, una arbitrariedad con un fin alentador de una visión particular de la televisión que nos quieren imponer a todos: hasta ahí llega el problema. Y  no solo es esa la cuestión, también lo es que el Estado asuma que puede indagar sobre nuestra intimidad – espiando correos, controlando llamadas, etc – con facilidad, banalizando el respeto que ésta merece por asegurar el orden y la seguridad y prohibiendo manifestaciones o intimidando con multas impagables.

Alguien dirá, como tantas veces en la historia, que el que no tiene nada que temer no debe preocuparse. Y ese será el fin de una visión de nuestra integridad ética como ciudadanía. No es de extrañar que eso ocurra y será la antesala del fin de un marco de relaciones sociales fundamentado en los derechos y libertades conquistados con mucho esfuerzo. Y entre esas libertades están las de creencia y culto, que también son bienes a proteger, ya sea en la mezquita de la esquina o en la Semana Santa sevillana.

Nuestro modelo de sociedad, la civilización que decimos defender, no es posible dando pasos atrás en la tolerancia y la convivencia. No sabemos si el islam precisa de una nueva lectura que cumpla con algo parecido a la idea reformadora que vivió el catolicismo, pero sin necesidad de guerras en defensa de una visión u otra. Ambas corrientes del islam deben hacer valer los preceptos de la fe pero deben atender a los derechos humanos, y con la misma autoridad y solvencia con que se le piden a Castro y a Maduro, debe hacerse lo mismo con los sunís del Golfo o con los chiítas y el resto de estados confesionales que oprimen a sus pueblos con castigos criminales y persecuciones bárbaras, como los que persiguen la homosexualidad, condenan a la desigualdad atroz a la mujer o practican una brutal persecución de las libertades. Y eso no debe confundirse con atacar al Islam, aunque el Islam deba reflexionar seriamente sobre eso que se hace en su nombre cada día, asimilado ya como normal.

La libertad suele ser incómoda para los que mandan. Acaban por sentirse molestos con los que hablan, escriben o dibujan. La libertad pondría en cuestión las monarquías del Golfo o el poder terrible de los asesinos del Estado Islámico o de Boko Haram. La libertad es el único bien que garantiza el derecho íntimo de cada uno a profesar su fe y el derecho colectivo a compartirla en el culto o a pasar con libertad de largo ante el templo y no profesar ninguno de sus preceptos. Y la libertad es la que nos protege del fanatismo, la intolerancia y el terror. El equilibrio del que habla Fernández Díaz entre seguridad y libertad es una aberración, pues no hay equilibrio posible, sino la superioridad moral de la libertad como derecho humano y como bien jurídico; la seguridad es una tarea y si su competencia no le permite asegurarnos el disfrute de la paz con libertad, que se vaya, pero no ha de haber vencedores secundarios de los crímenes de los fanáticos.