Terroristas abatidos, el desenlace francés

 

 

El desenlace de tres días de terror se saldó con la sangre mortal de los asesinos y con la muerte, aún sin aclarar, de cuatro rehenes. La jornada del viernes pareció más un relato de política ficción que una cadena de sucesos incontrolados. Tendrá mucho que explicar la Inteligencia francesa por el descontrol, sabiéndose amenazado el país galo por los terroristas yihadistas, de tres sujetos perfectamente identificados por su trayectoria en el horror.

El crimen de Charlie Hebdo, brutal por la forma cruel del asesinato, pero también por el significado que siempre tiene intentar acallar a tiros la voz libre de la información y el talento en la opinión – al fin y al cabo eso es el humor político – llenó de luto la conciencia nacional francesa y el espíritu republicano de los valores cívicos y de ciudadanía. La muerte de Charb y de sus compañeros de redacción mientras resonaba el clamor del nombre de Alá no es un episodio que pueda borrarse fácilmente del pensamiento popular francés. Marcará un tiempo y un sentido y definirá irreversiblemente una sensación de derrota ante la barbarie – la barbarie de los terroristas islamistas que no es abstracta ni menor – pero también de un sentimiento nacional en defensa de las libertades de prensa y expresión.

Eso ocurrió el miércoles a las once y media de la mañana. Después, en su salida dando alaridos, los criminales perpetraron un segundo asesinato, con la misma sangre fría y con la misma falta de humanidad que presidió el crimen colectivo anterior. Uno de los terroristas se acercó a un gendarme herido y a pesar de un sonoro intento por sobrevivir del agente, le disparó mortalmente en la cabeza, como el que aparta una molestia a su paso. La víctima: un policía francés, árabe y musulmán. Un segundo despropósito del que también deberían tomar nota los que insisten torpemente en desvincular, en apariencia, el sentido religioso de estos crímenes y hacer ajena a una comunidad que por el contrario debería sentir un sentimiento de responsabilidad para colaborar en evitar este espanto.

 

En la huida, torpe y agitada y desordenada, los terroristas provocaron accidentes y asaltaron una gasolinera

 

A la mañana siguiente, cuando la sociedad parisina y el mundo entero aún trataban de digerir el espanto de lo sucedido, se produjo un nuevo suceso en el sur de la capital francesa que las autoridades intentaron desvincular del atentado anterior. Un hombre abatía con un arma automática a una policía municipal de veinte años tras una falsa colisión de su vehículo. El asesino, un hombre negro; la víctima, una mujer negra. El asesino resultaría ser un cómplice de los criminales terroristas que dispararon en la revista satírica y al agente de policía. Huyó y la policía insistió en negar cualquier vínculo. Resultaba imposible creer en la causalidad y ésta resultó ser falsa. El mismo hombre entraba al día siguiente en un supermercado judío, secuestraba a los clientes y se atrincheraba en él con la estúpida pretensión de apoyar a sus amigos asesinos: reclamaba que el cerco policial que se estrechaba sobre ellos en el norte del país se levantase para que pudieran escapar. El nexo no podía ocultarse: una televisión nacional recogía su testimonio.

A media tarde la policía debía intervenir. Los terroristas del Charlie Hebdo estaban atrapados en una imprenta – otra interesante paradoja – y el hombre del establecimiento permanecía encerrado con rehenes reclamando nuevas pretensiones igualmente estúpidas. Pero el país estaba horrorizado y la comunidad internacional, también. Intervenir era una exigencia por dos razones: devolver la confianza a los franceses, espeluznados en su mayoría, y evitar nuevos posibles casos de ‘contagio’ criminal. Los nuevos terroristas no responden al patrón tradicional de una organización violenta estructurada con planes, estrategia o fines. Salen y matan y si hay que seguir matando, se sigue matando, y si en la matanza hay que morir, se muere. Ya se sabe, Alá es grande, y eso lo justifica todo.

 

La policía intervino simultáneamente y abatió a todos los terroristas

 

Por esas dos sólidas razones, la policía intervino simultáneamente y abatió a todos los terroristas. Es posible que en la confusión se le escapara una – la novia del terrorista que tomó la tienda judía – y es posible también que la intervención provocara la muerte de los cuatro rehenes fallecidos. En el norte, morían sin más pena ni gloria los dos asesinos del Charlie Hebdo y sin ninguna otra víctima. Para conseguirlo, habían movilizado a más de ochenta mil efectivos policiales.

Francia no ha perdido su inocencia tras estos sucesos terroristas. La perdió hace mucho. Francia ha perdido a ciudadanos valiosos por sí mismos y por la ofrenda involuntaria que han hecho de su vida. Los periodistas y dibujantes de la revista arriesgaron hasta el final: nos pusieron a prueba a todos negándose a para bajo amenazas. Lo han pagado con su vida. No se equivocaron pues nos han dado una lección que vale como ninguna, aunque sea a este precio. Pero al desenlace conocido le faltan muchas explicaciones necesarias para dar por cerrado este episodio terrible.

El domingo desfilará Hollande junto a otros jefes de gobierno con los parisinos en una manifestación a la que no se ha invitado el FN y a la que a pesar de ello se han adherido. Con ella se cerrará la semana. Las libertades se resienten bajo la amenaza del totalitarismo islámico y sus terroristas sanguinarios. Los fanáticos terroristas también habrán sacado provecho para su causa. Le Pen subirá en las encuestas, las libertades seguirán amenazadas por la autocensura – que es la peor de las censuras – y los ciudadanos vivirán con más miedo que antes. Esperemos que al menos podamos saber qué hizo posible que dos terroristas sobradamente conocidos atacaran con éxito un objetivo también sobradamente conocido, con armas de las que no se consiguen en un mercadillo.