Rajoy en el laberinto y el incierto futuro del PP

 

 

Toda la estrategia del PP giraba en torno a una única idea. Hacer valer ante el electorado que la recuperación económica es un hecho y que cambiar de gobierno implicaría ponerla en peligro. El Partido Popular situaba al PSOE como el responsable de la crisis y el culpable de que hubieran tenido que aplicar la cirugía para salir de ella. A eso ayudaba, suponían, la ‘buena gestión’ de los tiempos de Aznar y la necesidad de la gente de apostar sobre seguro aun a costa de sus propios intereses inmediatos porque, a largo plazo, la solución económica más viable debía ser la que se estaba confirmando que producía resultados.

Por eso Rajoy evitaba entrar en el fondo de cualquier otra cuestión que no estuviera encaminada a sostener ese discurso. Lo que ha ocurrido es que la carga de ‘lo demás’ es demasiado pesada, y ha prendido en el electorado una percepción de desconfianza que impide asentar el discurso estratégico planeado.

 

Hay tres razones de peso que lastran al PP:

 

  1. La confianza se fundamenta en la verdad, y el PP se ha visto implicado en una larga cadena de mentiras para justificar los resultados que iban produciendo las investigaciones judiciales acerca de las tramas de corrupción. Si pensaban amortiguar los efectos de Bárcenas con tiempo y datos macroeconómicos, la forma de hacerlo los ha dejado al descubierto. Demasiadas mentiras descubiertas, demasiada evidencia de que los dirigentes del PP, en tromba, han negado cosas que la realidad hacía bien visibles a los ojos de los ciudadanos.
  2. La percepción de que Rajoy no es que deje pasar los problemas que cree que no le afectan, es que le afectan y lo que es peor, no sabe gestionarlos. La prueba de ello es la crisis del ébola con una ministra incompetente a la que ha intentado salvar negando su incapacidad pero vaciándola de competencias y que finalmente se ha tenido que ir por un auto judicial que no ha hecho más que confirmar lo que era evidente para todos desde el primer día: que se había beneficiado de la trama de corrupción. Y así con tantos otros.
  3. La constatación de que el PP, a pesar de sus imperfecciones de corrupción, no es el ‘partido milagro’ sino que, por el contrario, tiene una gran responsabilidad en el proceso que llevó a la crisis. El hecho evidente de que Rato hizo ‘trampas’ que han supuesto un rescate a la entidad financiera que presidía demuestra que el tan aclamado ministro que tan bien gestionaba, no es que haya resultado ser un bluf es que ha enfilado el camino de prisión por sus tejemanejes, los que han acentuado la crisis financiera, han arruinado a los preferentistas o dejan a miles de familias sin hogar por los desahucios.

Si el PP no dice la verdad, no sabe gestionar los problemas y es responsable, en parte, de la mala gestión que provocó la crisis, es difícil considerar que los sacrificios que la gente está padeciendo con el ánimo puesto en salir adelante, se compensen por la confianza de que con ese partido el camino es seguro.

Si además añadimos que la corrupción se ha convertido en un punto básico para construir la opinión pública, el PP arrastra un  peso de responsabilidad tremendo: Bárcenas, Matas, Mato, Gúrtel, Granados, Fabra, Castedo, son algunos de los nombres que se repiten en cualquier medio informativo fuera de todo control político. Por más que ahora intenten, que lo conseguirán, apartar a Ruz de la instrucción del caso Gúrtel, la sociedad ha fijado ya que se trata de una trama de corrupción política, hortera y deplorable que tenía como fin abastecer de dinero negro las arcas del PP. Que Acebes haya mentido flagrantemente ante el juez negando conocer al arquitecto de las obras pagas con caja B y haya sido descubierto como si fuera un niño mentiroso, ayuda a recrear la sucesión de mentiras interesadas que él mismo como portavoz del gobierno de Aznar lanzaba el 11M y los días siguientes para aprovechar electoralmente un drama sin precedentes.

Finalmente, solo queda insistir a pesar de la imposibilidad de que ello ayude a convencer. La declaración de Rajoy diciendo que la crisis ‘es historia’ y que éstas son las navidades de la recuperación solo hace agigantar la esperpéntica incapacidad que tienen de hacernos creer cosas que no son cuando no hacemos más que ver cosas que si lo son y que se niegan.

Los últimos intentos del PP de aparecer como una fuerza tranquila capaz de colocar la responsabilidad sobre el interés particular, que es lo que la gente percibe al hilo de lo que señalan las encuestas, lanzando mensajes de consenso con el nuevo PSOE de Pedro Sánchez mientras al mismo tiempo se insiste en no señalar un rumbo que termine con la deriva en la que se han instalado, restará todavía más crédito, máxime cuando estamos al borde de un nuevo proceso electoral en el que la disputa feroz de alcaldías y comunidades obligará a que ese atisbo de ‘consenso de responsabilidad nacional’ que se barrunta quede ahogado por las necesidades de la campaña, y posteriormente PP y PSOE asistan, todo parece indicarlo, a un golpe brutal que acentúe la descomposición del sistema bipartidista.

El camino a las elecciones no será una autovía por la que discurra a toda velocidad la maquinaria electoral del PP, sino todo lo contrario, acrecentará la visión de un modelo en el que la desigualdad social y la incapacidad política – en esto se verán afectados tanto PP como PSOE – protagonizarán la toma de decisión de los electores.

El PP debe cambiar de estrategia, pero ahora la cosa se ha complicado, la irrupción de Podemos, con todas sus insuficiencias, y la incipiente recuperación del PSOE, con todas sus imperfecciones, le dificultan el camino para hacer creíble que el suyo es el único discurso posible por mucho que busquen nuevas formas de plantearlo y de comunicar. El daño ya está hecho y la forma en la que han tratado la crisis catalana, los problemas de corrupción que los asola, los recortes sociales y el empobrecimiento agudo de la clase media y la exclusión de los más sectores más débiles por el paro y la falta de recursos y servicios sociales, se lo impide. Podríamos citar más razones pero, para tener una idea aproximada del qué es, de las dificultades del cómo y de la incertidumbre del qué será, lo planteado ayuda a entender el desasosiego que anida en la Moncloa.