Una mirada a la razón de las encuestas y las elecciones

 

 

Las encuestas siguen indicando el rechazo social a la política del gobierno tanto como al partido que la sustenta. Las medidas económicas y los casos de corrupción hacen temblar a la fuerza política que hoy ocupa el poder, y le señala el camino de la derrota electoral, ya sea en elecciones autonómicas y municipales como en las generales de finales del año que viene.

 

Los sondeos sin haber elecciones no son más que sondeos y se atienen a lo que la opinión pública piensa en las circunstancias en las que se le pregunta. Dicen los expertos que lo que importa son las tendencias, es decir, si las respuestas son persistentes. Las tendencias se originan porque las políticas se sostienen en el tiempo y madura en la conciencia de los electores la percepción inicial que se tiene de ellas.

 

Esta legislatura comenzó con un rotundo golpe del partido ganador de las elecciones a su propia oferta electoral. Terminado el ciclo socialista de Rodríguez Zapatero con un giro radical en su política económica y condenado a su partido a una segura derrota electoral al asumir las obligaciones de recortes dictadas por la troika, en penosa sesión parlamentaria el diez de mayo de 2010, el PP inspiró la confianza como alternativa, que de inmediato defraudó al conseguir la mayoría parlamentaria.

 

En ese contexto, comenzó a fraguarse la descomposición del llamado bipartidismo habitual en todas las elecciones originado tras la aprobación de la Constitución. Esa descomposición se hizo evidente en los resultados de las elecciones europeas del pasado mes de mayo, y se ha asentado en las encuestas posteriores que no han hecho más que afianzar la evidencia demostrada en esos comicios, convertida, ya, en previsión para futuros procesos.

 

¿Por qué se afianza la tendencia electoral?

 

Porque los circunstancias y acontecimientos que han facilitado que germinase no han hecho más que consolidarse en la opinión a base de reiteración continuada. Los casos de corrupción y el deterioro económico atenazan al modelo gestado por el PSOE y el PP. Los llamados brotes verdes de nuestra economía no son visibles más que en algunos datos macroeconómicos y aunque hay algún atisbo de recuperación, la percepción ciudadana continúa instalada en la desconfianza y el temor.

 

El desempleo, las condiciones laborales, la falta de futuro de jóvenes, los parados de larga duración, los recortes del gasto público en pensiones, sanidad y educación, deteriorando al máximo instituciones capitales del estado de bienestar, están bien asentados en las respuestas que los ciudadanos dan a las preguntas de los encuestadores. Por más que el Gobierno sonría, insista, y los gobernantes se afanen en señalar que el motor económico está en marcha con el fin de allanar su camino a las próximas elecciones, la ciudadanía, descreída, se niega a aceptar una previsión favorable. Si a eso se le añade el racimo inacabable de casos de corrupción, los datos demoscópicos son a su vez tan insistentes como los efectos de la acción de los políticos.

 

La diferencia añadida en esta situación con respecto a crisis de confianza  y elecciones anteriores se fundamenta en el desgaste institucional advertido ya por los indignados del 15M y en la pérdida de credibilidad que los administradores tiene n ante una sociedad que ha vivido en un plazo de tiempo extraordinariamente corto cómo los dos grandes partidos se asemejaban en sus actuaciones económicas y en el ‘fraude electoral’ al incumplir bien visiblemente sus compromisos.

 

Encuestas y elecciones marcadas por tres factores

 

Si a eso se añaden tres factores más, la situación se hace fácilmente explicable.

 

El primero: Un cambio generacional que pone en cuestión la imposibilidad de modificar el sistema, reformarlo y adaptarlo a una nueva realidad. Pero no solo eso. No es que solo haya irrumpido temerariamente una nueva generación, es que la generación que ha crecido con este sistema bipartidista está radicalmente desgastada por la visibilidad del deterioro que le afecta. La corrupción, los incumplimientos, los retrocesos sociales, la crisis, el comportamiento dependiente de la troika, las ayudas y rescates financieros, la decadencia del sistema de bienestar, etc, ha hecho que precisamente sea la generación más asentada en el periodo democrático abierto con la Constitución y todas las elecciones posteriores, y que ahora cumple treinta y seis años, sea la más decepcionada y su desgaste se esté transformando en un rechazo activo.

 

Si se le añade la entrada en juego en el peor momento de la situación económica y social, y en vísperas de elecciones, de otra generación que ve que con el modelo actual su futuro pasa de incierto a insoportable, se dan las condiciones para la constitución de una mayoría social con voluntad transformadora que si son ciertas las ‘tendencias’ interpretadas en las encuestas podría devenir en mayoría electoral.

 

El segundo: Porque coincide que este malestar inédito coincida con la inédita irrupción en el escenario político y en la previsión de las futuras elecciones de una nueva opción político con una gran capacidad de atracción. Se trata, desde luego, de Podemos, el partido ya fundado, de Pablo Iglesias, la fuerza revelación de las elecciones de mayo y el instrumento del enfado social para golpear el corazón del sistema.

 

El tercero: Porque con este clima y con la entrada en juego de un nuevo y atractivo actor electoral, se da también una coyuntura nueva. La pérdida de influencia de los medios informativos tradicionales y la entrada en funcionamiento como medio de comunicación de las redes sociales – twitter y Facebook – y los medios propios que proliferan por internet – nuevos periódicos, blogs, etc – limitan ostensiblemente el control habitual de la información, y ésta se extiende con mayor facilidad cuestionando el alcance de los mensajes y discursos de los partidos asentados en sus medios más cercanos.

 

Tendencias, sí, pero reveladoras de una coyuntura que puede haber venido para quedar durante algún tiempo y determinar las futuras elecciones.