Un polémico traslado para evitar una crisis

 

Cuando Miguel Pajares aterrizo en Barajas su situación no llamaba al optimismo más bien todo lo contrario. A la infección por el virus del Ébola había que sumar otras dos: malaria y tifus. El cuadro se complicaba además, porque el cura sufría una enfermedad cardiaca y acarreaba problemas de riñón, que en los últimos días de vida le impedían orinar. Un diagnostico que traía ya desde Liberia y que posteriormente fue confirmado en el Carlos III.
De hecho, y al margen de aplicar los protocolos habituales, los facultativos que le atendieron poco podían hacer salvo sedarlo para que muriera sin sufrimiento y en paz. Y de eso fueron conscientes desde el minuto uno, cuando tras las pruebas realizadas confirmaron este complejo diagnóstico.
La administración de la vacuna era poco más que un brindis al sol para justificar que se hizo todo lo que estaba al alcance de la medicina para salvarle la vida. De hecho, cuando comenzó a administrársele la vacuna recibía alimentación por vía intravenosa y presentaba un alarmante descenso en su sistema inmunológico.
Lo único que cabía hacer, era evitar que el personal sanitario resultara infectado.
El resto de la historia, un costoso traslado, reapertura de un hospital cerrado, amplias medidas de seguridad y brote de una cierta alarma social. Todo para evitar que el Gobierno se enfrentara a una crisis por haber dejado morir fuera de España a un ciudadano ejemplar, religioso y cooperante.