En las redacciones de los periódicos existe un viejo aforismo: “Nunca dejes que la realidad estropee una buena noticia”. No predicar con el ejemplo es un vicio que ha afectado tanto a las presuntamente almas más pías como a los cerebros científicos considerados como más notables.

De sobra es conocido que el papa Julio II, conocido como el Papa Guerrero, gran martillo de herejes y de la superchería, eligió para su consagración al Pontificado en 1503 el día que los astrólogos vaticinaban los mejores augurios, que jamás adoptó ninguna gran decisión sin consultar con las estrellas y que entre sus vestimentas siempre portaba amuletos de ámbar oriental, que se decía espantaba a los malos espíritus (eso por no hablar de que financió su magna obra, la Capilla Sixtina, con el dinero obtenido de indulgencias, botines de guerra, impuestos por el concubinato del clero o casas de lenocinio en Roma).

Al otro lado de la balanza tampoco se escapan inocentes trastadas como la de Galileo, quien falseó datos experimentales relacionados con el movimiento en planos inclinados para que coincidiesen con sus teorías; o la de Gregor Mendel, el padre de la genética, para cuadrar las propias. Aunque en ambos casos, resultó que la intuición resultó positiva. En el debe de Galileo está el haber visto a Neptuno y no haber reparado en ello. View full article »