Fotografía CSIC

Existe un cierto consenso en la comunidad científica en que el primer organismo vivo que pobló el planeta fue una célula procariota, una arqueobacteria. Un ser que se alimentaba de moléculas orgánicas que, a su vez, se formaron a partir de los gases de la atmósfera y mediante alguna fuente energética y se acumulaban en el mar. A partir de ahí, comenzó un apasionante camino evolutivo de cerca de 5.000 millones de años. Hoy, día del padre en la comunidad católica y la que cae en las garras del marketing, es de justicia rendirle tributo a la paternidad del resto de las especies.

Los registros fósiles más antiguos conocidos se localizaron en Groenlandia y datan de hace 3.800 millones de años. No obstante, desde hace unos años se otorga esta paternidad a la Ferroplasma acidiphilum, una bacteria hallada en 2007 en un reactor ruso alimentado con pirita. Esta bacteria se nutre de hierro y sobrevive en condiciones extremas y donde hay ácido sulfúrico.

El equipo de científicos que la descubrió, formado por españoles del CSIC, alemanes y británicos, estiman que los especímenes hallados de esta arqueobacteria sean los descendientes directos del primer organismo que vivió en la Tierra hace 4.600 millones de años. 

En aquellos tiempos —anda que no ha llovido— las condiciones ambientales no eran mi mucho menos como las que conocemos ahora. En esta etapa el ambiente era mucho más ácido y por ello los primeros microorganismos aparecieron en superficies muy ricas en hierro y azufre. Para que se hagan una idea, un ambiente todavía más extremo que el que ofrece el río Tinto.

De hecho, el Ferroplasma acidiphilum no se encuentra en el cauce de este río, aunque sí vive en lugares donde se registran altas temperaturas, donde hay material sulfuroso o en zonas volcánicas.

Cuando el nivel de acidez y la cantidad de pirita fueron disminuyendo, en la Tierra aparecieron otros metales que no tenían hierro y la evolución permitió que surgieran otro tipo de organismos. Hasta entonces, las bacterias formaron una capa viscosa en el fondo de ese primitivo mar de donde extraían su energía de las reacciones químicas que allí se producían.

Millones de años después, sus descendientes fueron abandonando los fondos marinos y fueron alcanzando la superficie. Entonces, para lograr el nutriente energético necesario, tuvieron que desarrollar un mecanismo que nos resulta más conocido: la fotosíntesis.

Esta es la teoría más comúnmente aceptada pero hay otras, entre ellas los defensores de la llegada de vida a la Tierra procedente de otros planetas. Este grupo estima que la vida se originó en otros mundos y que llegó a la Tierra por casualidad en forma de polizones ocasionales que estaban en los cometas o metoritos que impactaron con la superficie terráquea (la conocida teoría de la panspermia). También hay quien fija a los primeros moradores a microorganismos que nacieron en un ambiente similar a las fuentes hidrotermales submarinas o en sustratos arcillosos en el fondo del mar o quienes barajan la hipótesis de primeras formas de vida en metanobacterias.

En lo que todos coinciden es que este primer microorganismo no tenía sexo (la diferenciación sexual de las especies es bastante posterior, unos cuantos millones de años). Asi que valga este tributo para los padres (19 de marzo) y también para las madres (1 de mayo).

Eduardo Costas, biólogo y catedrático de Genética, y Enrique Leite, periodista

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