Formular una teoría científica en verso puede parecer una frivolidad o un novedoso ejercicio de divulgación. Nadie juzga negativamente a Isaac Asimov por el uso de la literatura o de la televisión para dar a conocer los misterios de la ciencia.

En cambio, si naciste mujer en la sociedad británica del siglo XVII, aunque participase en la discusión de las teorías moleculares aceptadas aún hoy, es un motivo suficiente para que no se la considere una científica pura y para cerrarla el paso durante años al ingreso en la Royal Society de Londres (por entonces ya había escrito diez libros de filosofia natural, hoy conocida como física). Y eso que a mediados del XVII comenzaban a definirse los principios modernos de la ciencia y filosofía actuales.

Margaret Cavendish a los 40 años ya vaticinó su destino: “Siendo una mujer no puedo…. públicamente… Predicar, Enseñar, Declarar…”.

Educada para ser esposa y madre, lo habitual en su época, Margaret Cavendish (1627-1674) , de origen aristocrático, no profundizó su formación científica hasta su matrimonio con el barón de Cavendish cuando contaba 22 años. Primera dama de Enriqueta María de Francia, vivió en el exilio francés en la corte del rey  Sol hasta la restauración de 1660.

Su inquietud por conocer y pertenecer a la sociedad que estaba naciendo hizo que desarrollara una gran actividad por convertir los salones de su mansión en un círculo de conocimiento y discusión científica.

Poeta, ensayista, filósofa… dio un paso singular en su tiempo: se atrevió a publicar sus trabajos sin ningún tipo de pseudónimo, lo que le valió el calificativo de extravagante por parte de sus detractores.

Llegó a rebatir a los pensadores más relevantes del momento (Hobbes, Descartes) y fue muy crítica con los experimentalistas. Participó en las discusiones sobre la materia y el movimiento,  la existencia del vacío, la naturaleza del magnetismo, el color, el fuego, la percepción o el conocimiento.  Y expresó sus opiniones por escrito.

De hecho, su obra ‘New Blazing World’ está considerada como la primera novela de ciencia ficción, donde relata la existencia de otros mundos a los que se llega a través del Polo Norte. La narradora se pasea entre civilizaciones y decide invadir Inglaterra con un ‘blizkrieg’ de hombres pájaro, ataques submarinos de hombres-pez y catapultas de diamantes que arrojan piedras de fuego.

En 1653 publicó ‘Atomics Poems’, fantasía sobre la teoría atómica, y ‘De Rerum Natura de Lucrecio¡, obra donde inserta reinvidicaciones feministas -“si es deseable que tejamos, ¿por qué no escribir poesía que es tejer con el cerebro?”-. En ?Philosophical Francies’ propone una alternativa al sistema mecánico de la naturaleza. Llegó a publicar más de 14 libros.

“Llega al teatro de Londres con un vestido de encaje por donde se adivinan sus pezones; especula sobre la naturaleza de la Luna y la maeria infinia; sale corriendo del laboratorio de su castillo con las enaguas incendiadas; diseña sus vestidos y los de sus damas; critica la noción de verdad única, la óptica de Hook y el método experimental; se da cuenta de que sus ideas van más rápido que sus dedos y contrata un amanuense, John, al que sienta al lado de su puerta a la espera del grito: ‘John, John, tengo ideas!. Virginia Woolf -crítica con el personaje- la definió de esa manera.

Sin duda alguna, si el destino la hubiera hecho nacer varón hubiera sido considerada un genio.

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