La revista The New England Journal of Medicine acaba de publicar un bien documentado caso de alergia al cacahuete. Esta es quizá la forma de alergia alimentaria más frecuente en Estados Unidos, probablemente por la exposición precoz y continuada a este fruto seco, que lejos de ser consumido ocasionalmente, es una de las bases de la dieta americana. Se consume habitualmente en forma de jaleas y mantequillas, con las que preparan todo tipo de bocadillos y canapés.

Lo novedoso de este caso es que el niño no había consumido este alimento. Se trataba de un varón de 6 años afectado por una leucemia, en cuyo tratamiento había recibido concentrados de plaquetas por medio de una transfusión.

Es conocido que la transferencia de IgE, el anticuerpo que está elevado en los alérgicos, puede provocar alergias y choque anafiláctico en los receptores. Pero había pocos datos de la transferencia de antígenos alimentarios a través de las transfusiones. En el caso del cacahuete, uno de los alergenos más potentes que contiene, el AR h2, es muy resistente a la digestión y pasa directamente a la sangre. 

Efectivamente, interrogados los donantes, uno de ellos había comido cacahuetes la tarde anterior a la donación, por lo que, como si de detectives se tratase, la alergia grave del niño quedó resuelta. El producto al que estaba sensibilizado le había llegado por vía transfusional.

En realidad, más allá de la prueba de confirmación del alergeno Ara h2, que se le hizo al niño receptor y dio positiva, lo más importante y revelador fue, como siempre, la historia clínica, en este caso recogida por anamnesis de la madre: fue ella quien indicó que exactamente eso que le pasaba al niño ahora (erupción cutánea, picor, dificultad para respirar) le había sucedido años atrás tomando manteca de cacahuete. Al final, las madres siempre suelen tener razón.

Juan Martínez

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