Hipatia es la primera mujer matemática de la que se tiene un conocimiento seguro y detallado. Escribió sobre geometría, álgebra y astronomía, mejoró el diseño de los primitivos astrolabios e inventó un densímetro

Una exaltada turba dirigida por el arzobispo Cirilo detuvo en Alejandría un carruaje. Sacaron violentamente a su ocupante, la desnudaron, vejaron y torturaron hasta morir desollada viva. Arrancaron sus carnes con conchas marinas. Luego quemaron sus restos.

La multitud, eufórica tras el asesinato, dirigió sus pasos hacia la biblioteca —el mayor tesoro científico y cultural de la antigüedad— y la incendiaron. Medio millón de obras científicas y literarias fueron pasto de las llamas y, con ellas, más de mil años de las civilizaciones clásicas.

De las 123 obras de Sófocles, sólo se conservaron siete. El fuego también se llevó los diseños de las máquinas de vapor de Herón de Alejandría y la máquina de Anticitera, la primera calculadora. La humanidad dio un espectacular salto hacia atrás de más de un milenio. En cambio, a Cirilo lo proclamaron santo.

La desventurada que sufrió las iras del populacho se llamaba Hipatia. Acababa de cumplir los 45 y se trataba de la más reputada científica de su tiempo. Había escrito 44 libros, inventado el astrolabio plano, el idómetro, el planisferio y el destilador de agua. Además, impartía clases de Matemáticas, Astronomía y Física, y dirigía la escuela Neoplatónica de Filosofía. Era la representación del racionalismo científico, y ello, encarnado en un cuerpo de mujer. 

Razón y ciencia se convirtieron en lo más reprobable para el emergente poder de la Iglesia Católica, que apenas hacía un suspiro había abandonado las catacumbas para acomodarse junto al cetro de los poderosos.

Se abría paso una corriente de pensamiento que se devanó los sesos en discernir si ese ser inferior —la mujer— poseía alma, mientras intentaba entender cómo Dios había sido capaz de crear un animal tan imperfecto.

Un manto de olvido cubrió descubrimientos como el de los tornillos de agua, realizado por la institución que dirigía Hipatia, por medio del cual se regaban los campos. Dios prevalecía en las mentes de los hombres y la hambruna, en sus estómagos.

Hipatia es ese símbolo que acabó convirtiéndose en mártir y ejemplo de obstinación —y también de destino fatal— para aquellas mujeres que intentaron romper el status quo de la dominación del macho. Historias de valor e inteligencia que se enfrentaron a los prejuicios y al fanatismo.

Aunque resulta absurdo pensar que si Hipatia no hubiera sido asesinada, la Edad Media no hubiera sobrevenido, no lo es tanto afirmar que relegar a las mujeres de la vida intelectual, algo que se hizo patente en ese periodo, fue una de las causas del estancamiento de la humanidad a lo largo de esta época oscura.

En esa cultura dominante, machista y absurda, mujeres como Madame Chatelet fueron sólo brotes aislados y siempre vinculadas a alguno de los genios del género opuesto. Chatelet, amante de Voltaire, a los 42 años afrontó una obra magna: traducir al francés los Principia de Newton, uno de los escritos científicos más relevantes jamás escrito.

Chatelet, además de la traducción, dejó la siguiente reflexión: “Juzgadme por mis propios méritos o falta de ellos, pero no me consideréis un mero apéndice. Soy yo misma una persona completa, responsable sólo ante mí por todo cuanto soy, por todo lo que digo, todo cuanto hago. Puede ser que haya filósofos cuyo saber sea mayor que el mío, aunque no los he conocido. Sin embargo, ellos no son más que débiles seres humanos y tienen sus defectos. Así que, cuando sumo el total de mis gracias, confieso que no soy inferior a nadie”.

Eduardo Costas y Victoria López Rodas

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