Los detectives de la evolución están obligados a realizar un viaje en el tiempo a través de los organismos más primitivos que todavía existen para, desde su estudio, especular con cómo podrían haber sido los ojos de nuestros ancestros. Si algo condiciona la vida y la evolución, sin duda es la luz.

Desde el punto de vista celular, las opsinas (las moléculas que captan la luz) se localizan en unas células llamadas fotorreceptores y los pigmentos que absorben la luz se sitúan en la membrana de ellas (la parte más superficial). A mayor número, mayor captura de luz, y por ello se han desarrollado bien a través de un estructura ondulada (con forma de cepillo), los llamados rabdoméricos, o, posteriormente, en una estructura con forna de pluma, llamadas ciliares.

Estas últimas son las precursoras de los conos y bastones de la retina humana. Hay organismos que presentan los dos tipos de fotorreptores, como la vieira Pecten, que cuenta con un ojo para ver de cerca y otro para ver de lejos. 

Los vestigios de cómo pudieron ser los primeros ojos los podemos encontrar en un alga unicelular llamada Euglena, que presenta un tipo de ojo en forma de mancha de color rojo. Se trata de una concentración de pigmentos parecidos a las opsinas. Distingue poco más que luz y sombra.

Esta simplicidad le permite detectar amenazas o desplazarse hacia la luz (precisa de esta para vivir y alimentarse). Estimando que los ojos más primitivos fueran así, el paso a organismos pluricelulares hizo que los mecanismos de la evolución tuvieran que trabajar a destajo, intentando un sinfín de alternativas.

La eclosión tuvo lugar en el periodo cámbrico (570-500 millones de años), cuando se produjo la explosión de cambios —en las más diversas facetas imaginables— en todos los organismos existentes entonces.

Los primeros organismos pluricelulares con algo parecido a un órgano visual especializaron un grupo de sus células para captar la luz y, tal vez, poder detectar el movimiento. Estarían acompañadas por alguna célula pigmentada para evitar que la luz se dispersara. Es conocida como mancha visual o visual spot.

El siguiente paso fue dotar a esa estructura de más células fotorreceptoras y pigmentadas, y adoptar una forma de copa, que en el siguiente escalón evolutivo llegó a cerrarse casi por completo. Esa pequeña abertura permitía pasar un fino haz de luz que se proyectaba sobre las células fotorreceptoras y pigmentadas en algo parecido a una retina.

El hueco que se formaba entre la retina y la hendidura estaba lleno de agua, lo que aportaba ciertas características a ese nuevo órgano visual. En la actualidad, el Nautilus tiene un ojo así: ve poco más que luces y sombras, además del movimiento delante de él.

Luego se consiguió la resolución de las imágenes a través de las lentes. La primera aportación fue el desarrollo de una lente refractiva que funcionaría como el cristalino, permitiendo focalizar las imágenes en la retina.

En posteriores pasos, el ojo se especializó en colocar una estructura superficial transparente (la córnea) y un diafragma para controlar la cantidad de luz que llega a la retina (el iris). Diseñados todos los elementos, su diferente configuración ha dado lugar a la existencia de numerosos tipos de ojos.

Jesús Pintor

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