El imperialismo en el Norte de África en el siglo XIX

La mayor parte del Norte de África dependía del Imperio turco-otomano, pero en la práctica, había otros poderes más efectivos y reales. En Marruecos gobernaba la dinastía alauita, Francia comenzó muy pronto a controlar Argelia, y Egipto estaba gobernado Mehemet Alí, que ejercía el poder sin depender de Estambul.

Francia fue la primera potencia occidental que se interesó en la zona, ya en la década de los años treinta del siglo XIX. En tiempos de Luis Felipe de Orleáns se envió una expedición a Argelia que provocó la capitulación del Bey y allanó la posterior ocupación con Napoleón III en la segunda mitad de los años cincuenta. Argelia terminaría siendo en una joya del imperio colonial galo.

Egipto se convirtió en una pieza codiciada por franceses e ingleses que rivalizaron para hacerse con concesiones económicas. Los primeros consiguieron la construcción del Canal de Suez, mientras que los segundos obtuvieron la concesión del ferrocarril Alejandría-El Cairo-Suez. Egipto entró en una peligrosa dinámica para su independencia porque fue endeudándose con las dos potencias occidentales, que terminaron por controlar indirectamente el país. Londres se marcó como objetivo el control del Canal de Suez que había construido Lesseps, para lo cual se hizo con la mayoría de las acciones de la empresa al comprar la parte de las mismas del pachá, en el año 1874. La presión británica se incrementó, y en 1879 consiguió la deposición del jedive Ismail con un Egipto en bancarrota. Las revueltas producidas por esta crisis fueron el pretexto para intervenir militarmente. En 1882, Egipto pasó a ser un protectorado británico.

Francia se desquitó de su fracaso egipcio al convertir Túnez en un protectorado en 1881. Este hecho generó un claro sentimiento de frustración en Italia, recién unificada y que soñaba con su propio imperio colonial norteafricano. Tenemos que tener en cuenta que en Túnez había una importante presencia de inmigrantes italianos. Este desengaño influyó, entre otros factores, para que Roma se inclinase hacia la alianza con Berlín y Viena.

El Reino Unido, como reacción a este éxito francés, reforzó su control sobre Egipto y Sudán, además de apoyar a Italia en su asentamiento en Masana, germen de su colonia de Eritrea.

España intervino en Marruecos en tiempos de los gobiernos de la Unión Liberal. Dentro de las líneas de la política exterior de prestigio emprendidas por O’Donnell, Marruecos era una pieza fundamental por evidentes razones históricas y geográficas. Se intervino a causa de unos incidentes en la frontera de Ceuta en 1859, que desembocaron en una guerra abierta. El propio O’Donnell asumió la jefatura del ejército en la campaña, aunque sería Prim el militar que más se destacó. Después de las victorias de Castillejos y Wad Rass y de la toma de Tetuán, el sultán pidió la paz. Esta guerra fue explotada por O’Donnell para generar un clima de exaltado patriotismo en España, aunque los beneficios de la misma fueron más bien escasos; a lo sumo, se consolidó la presencia española en Ceuta y Melilla.

Durante el resto de la década de los ochenta y parte de los noventa, el imperialismo europeo vivió en esta zona un evidente freno, precisamente por las rivalidades entre británicos y franceses, sin olvidar los intereses coloniales de Italia y España, potencias menos poderosas pero muy interesadas en el norte de África.