¡Qué pena que seas político!

Como soy poco de estas fiestas que acaban de pasar, las he dedicado básicamente a hacer limpieza general en casa y a ordenar estantes y archivos. En estas tareas andaba cuando encontré un poemario costumbrista de una poetisa local a la que no recordaba, pero al abrirlo vi que me lo había dedicado. Al leer dicha dedicatoria, que no pienso transcribir por pudor,  me sentí inquietamente incómodo; sólo les diré que la frase de comienzo era: “a Javier Polo, político de gran humanidad…”.

Recordé que el libro fue un regalo que me hizo su autora en la breve época en la que me dio por quitarme el gusanillo de la participación política aceptando ser unos años Director del Distrito Casco Antiguo de Sevilla; experiencia efímera pero intensa y -ahora que puedo decir que sobreviví para contarlo- gratificante. Lo curioso es que haciendo memoria no recuerdo que le editáramos ningún libro a esta autora, ni que la contratáramos para ningún acto, ni nada parecido. Por tanto, tanto el regalo como la dedicatoria debían ser sinceras.

Este hallazgo trajo a mi memoria otra anécdota de aquella época. Tenía que asistir a un homenaje a Manolo Caracol en una peña flamenca del Distrito y de mí se esperaba que diera un discurso-glosa sobre el homenajeado. Yo, que siempre hago mis deberes, preparé un precioso texto (Wikipedia de por medio) sobre tan excepcional figura del cante. No obstante, en el último minuto guardé el elaborado discurso y me sinceré con los presentes. A mí me gusta el cante flamenco y disfruto de las buenas veladas como el que más, pero no quería ofender a los convocados leyendo una glosa a un cantaor del que cualquiera de los presentes podría dar más lecciones que yo y que, al fin y al cabo, el mejor homenaje posible a una figura tan excepcional era dejar paso a las guitarras y al cante. Cuando bajé del escenario se me acercó una mujer mayor, que por edad y actitud podía haber sido perfectamente mi madre, me cogió la cara con mucho cariño al tiempo que me decía “hijo, que bien hablas ¡qué pena que seas político!”. No supe que contestar entonces y la incomodidad que sentí fue la misma que la que describía en las primeras líneas de esta columna.

Hemos convertido la política en una actividad menor, en algo sin ningún valor, que te causa hasta sonrojo cuando finalmente la dejas; que relatas de la misma manera que un alcohólico confiesa su adicción. Ejercer una actividad que te debe llenar siempre de orgullo, por la trascendencia que tiene y las posibilidades que te da de transformación de la realidad, termina siendo una experiencia que te esfuerzas en matizar, sobre todo cuando tienes que explicársela a la gente de la calle. Lo peor de todo es que el espectáculo que nuestros políticos nos dan a diario va a terminar de romper los pocos puentes que aún quedan tendidos.

Hace más de diez años que abandoné mi “aventura” política. Ha pasado el tiempo suficiente como para recordar solo los asuntos que de verdad tuvieron trascendencia y los buenos momentos vividos en ella y estoy orgulloso de aquellos días. No obstante no puedo dejar de sentirme incómodo y mirar a los lados para ver quién estaba pendiente cuando alguien dice “Javier fue político” y, por lo que se ve, esto solo va a peor.