¿Soberanía?

El término “soberanía” se esgrime de forma habitual desde posiciones nacionalistas y populistas como sinónimo de democracia avanzada. Nacionalistas e independentistas enfrentan la soberanía propia y legítima a las imposiciones ilegítimas y antidemocráticas de aquellos a los que rechazan como ajenos. Los populistas confrontan la soberanía legítima del pueblo con la casta que usurpa el poder, según ellos.

Es curioso, porque la “soberanía” y el “soberano” son términos con una tradición muy alejada de las reivindicaciones democráticas. Siempre se habló del rey soberano como aquel capaz de declarar la guerra y hacer la paz, de mandar sobre personas y sobre haciendas, de impartir justicia… Soberanía equivalía a poder concentrado y centralizado.

Durante el siglo XIX y parte del XX, la soberanía se asocia ya a la nación, pero no tanto al pueblo. Es aún soberanía nacional, no popular. Se reclama la soberanía propia frente a las potencias invasoras o coloniales, en nombre de la nación, no en nombre del demos, no de la gente.

Sin embargo, en este siglo XXI, la reivindicación permanente de la “soberanía” viene, por ejemplo, de los dictadores que disfrazan su autocracia de patriotismo, y que denuncian las reclamaciones internacionales de respeto a los derechos humanos como injerencias intolerables.

Asimismo, la extrema derecha comparte con algunos populismos el discurso eurofóbico, que denuncia las políticas comunitarias como agresiones que mancillan la soberanía, ahora no solo de la nación, sino también del pueblo inocente y maltratado.

Soberanía es igualmente lo que exigen nacionalismos, separatismos e independentismos, como el bálsamo redentor de todos los males. Sea cual sea la complejidad del problema a tratar. Sea cual sea el alcance del desafío al que responder. Sea cual sea el incumplimiento propio a justificar. La causa del mal estará siempre en la falta de soberanía. El culpable será siempre el que usurpa nuestra soberanía. Y la Arcadia feliz llegará siempre de la mano del ejercicio propio de la soberanía.

Solo que la soberanía de la que hablan no existe.

¿Qué es soberanía, más allá de discursos románticos y más allá de ejercicios de demagogia fútil? Soberanía equivale a poder. Soberanía hoy, en las sociedades modernas, es capacidad para organizar el espacio público compartido para alcanzar objetivos de interés general. Soberanía, en definitiva, es posibilidad de favorecer el ejercicio de derechos y libertades de ciudadanía, de propiciar bienestar para el pueblo.

Y en la era de la globalización esas capacidades hay que situarlas en su dimensión más eficaz. Porque la dimensión de los espacios públicos a organizar y a regular hoy para hacer efectivos los derechos y las libertades de ciudadanía ha trascendido las fronteras de cualquier soberanía nacional.

Las relaciones económicas a regular escapan de las soberanías alicortas que nacionalistas y populistas reclaman en sus discursos viejunos. Los grandes retos frente a la elusión fiscal, el dumping laboral, el cambio climático, las crisis de refugiados o el terrorismo yihadista, por citar solo algunos, se ganarán desde soberanías amplias y compartidas, o se perderán.

Reclamar la soberanía del pueblo español ya se va quedando viejo. Exigir la soberanía de la nación catalana, o del pueblo vasco, o del murciano, es ya, sencillamente, una “paletada”.

En este siglo XXI de la globalización y la revolución tecnológica, las únicas soberanías viables, eficaces y, por tanto, deseables, son las soberanías que se comparten en espacios públicos cada vez más amplios. Con el propósito, no de agitar banderas al viento, sino de hacer realidad los derechos y las libertades, el progreso y la justicia social, para todos, se emocionen con la bandera que se emocionen…

¿Soberanía? Hoy, la del pueblo europeo. Mañana, la compartida con toda la Humanidad.