Junqueras y la púrpura gloriosa

Procopio atribuye a la emperatriz Teodora, esposa de Justiniano, cuando este pretendía abandonar Constatinopla huyendo de una rebelión popular, la frase “… el trono es un glorioso sepulcro y la púrpura un hermoso sudario…” Definía así Teodora el talante y el comportamiento que debe tener un gobernante ante la adversidad.

La dignidad del cargo se ejerce en los tiempos mejores y ha de mantenerse de igual forma en los momentos convulsos, ante el riesgo de la debacle y más aún cuando la actitud individual debe servir de ejemplo ante los demás. Teodora consiguió, dice la historia, que Justiniano rectificase y asumiera su responsabilidad haciendo frente al peligro.

Escucho a Junqueras que dice que “no me escondo nunca de lo que hago y porque soy consecuente con mis actos, decisiones, pensamientos, sentimientos y voluntad“. Actúa como Teodora mientras Puigdemont, que es lo que viene a decir, huye por la puerta de atrás al cómodo exilio de una Bruselas con ópera incluida.

El Gobierno que presidía el huidizo expresident llamó a enfrentarse a los peligros que acarrea la comisión de delitos para ir a votar en aquel sucedáneo de referéndum, mientras él, prudente, jugaba al cambio de coches bajo la cautela de los túneles para omitir el riesgo del porrazo. Como él, su gobierno. Los mismos que en la votación de la república pidieron el voto secreto para eludir su responsabilidad; los mismos que huyeron, los mismos que se arrastraron sin dignidad – sin barcos y sin honra – ante los jueces de la Audiencia o del Supremo. Poca gloria entre tanta púrpura.

Junqueras está en Estremera con un ataque de cuernos. El jefe huyó sin apagar la luz, para disimular. Y Junqueras fue a la cárcel, a vestir el sudario hermoso al que obliga el ejercicio de la púrpura de la que habla la historia de la emperatriz Teodora mientras su sucesora, la meliflua Rovira, lo traiciona día sí y día también. Como sucede con el process, que en realidad es un vodevil de puertas y engaños en el que los unos y los otros –mendaces según el juez Llarena – desmenuzan el lenguaje para pasear sus falsedades y contradicciones.

Teodora era creyente, cristiana y monofisita – una corriente herética sobre la divinidad de Cristo-. Junqueras es católico. Para ambos la fe alimenta el coraje que exige la púrpura. Una discusión bizantina es una expresión que tiene su origen en el conflicto teológico entre monofisitas, arrianos, monotelitas o nestorianos sobre la trinidad y la naturaleza humana de Cristo. Pero ahora, con Junqueras haciendo de Teodora, una discusión bizantina no es otra cosa que el debate sobre el process, la divinidad de Puigdemont o la naturaleza mística de la república catalana.