Borgen son los padres (‘spoiler nadal’)

Mirando desde esta Huelva nuestra, creo que no habrá tras el 21D un Govern alternativo sin fuerzas secesionistas al frente. Incluso si estas perdieran la mayoría absoluta, como apuntan algunos sondeos, habrá un gobierno soberanista. Y si los sondeos que se suceden estos días no se equivocan, no habrá repetición de elecciones en Cataluña si ERC, Junts per Catalunya y la CUP suman un escaño más que C’s, PSC y PP.

En ese escenario, solo el no de la CUP a una investidura de Junqueras o Puigdemont -u otros candidatos, bien lo sabe el último-, forzaría la celebración de segundas elecciones. No cabe esperar que sin el voto de la unitat popular, Pablo Iglesias y la alcaldesa de Barcelona dilapiden su menguante crédito electoral en el resto de España apuntalando en la Generalitat a un bloque que se habría roto. Si la CUP no provoca esa quiebra, una prudente abstención de En Comú Podem dejará la llave de la legítima gobernabilidad, otra vez, y aunque sea por mayoría simple, en manos de la fuerza con menor representación en el Parlament. Tras el fiasco de la “república de los cinco segundos”, la más efímera de la Historia del mundo, volver a las urnas por la ruptura del bloque de la ídem, es decir, por culpa de la CUP, solo puede favorecer -en teoría, aunque tampoco creo que mucho- a los partidos constitucionalistas: PSC, PP y el fulgurante C’s de Inés Arrimadas. Pero poco cambiaría un eventual corrimiento de votos. Es difícil que el bloque del adiós quiera arriesgar tanto, y parece más plausible que la CUP impida que los soberanistas pierdan el control de las instituciones públicas catalanas si suman, aunque sea uno solo, más escaños. Sin el Govern, el pleno dominio de las subvenciones de la Generalitat y, sobre todo, el control de la radio televisión pública, el procés podría entrar en letargo indefinido. La CUP no cargará con ese sambenito. No lo hizo en 2015 -aunque amagó- ni lo hará tras el 21D.

Nos encontraríamos con un Govern de corte soberanista sin capacidad de legislar como en esta Legislatura abruptamente disuelta por el 155. Si tenemos que creer a Iglesias y a la propia Colau, el procés siempre podrá continuar, de palabra, en la Ciudadela, pero retrocedería sobre el papel a la mera reivindicación del “derecho a decidir” y el “referéndum pactado”. Difícilmente podría volver el Parlament a embarcarse en leyes de desconexión, consultas ilegales o proclamaciones unilaterales. Ya sabemos que tienen corto recorrido, y acaban poniendo en manos del Estado, o sea, del Partido Popular, el gobierno catalán.

La opción Borgen, con la que sueñan el candidato socialista, Miquel Iceta, y, dicen, también Xavi Domènech, es muy poco probable. Más bien imposible. Incluso en el supuesto de que los no independentistas superaran en escaños a los soberanistas, que Arrimadas o Iceta accedieran a la dignidad de Molt Honorable seguiría en manos de En Comú Podem. Pero ello obligaría a los morados a sumar sus escaños a los que despectivamente denominan –this season– “bloque monárquico”. Entre ellos el Partido Popular, anatema hoy para los morados como ayer mismo era para el PSOE noesnoísta de Pedro Sánchez. Se rompería toda su estrategia política nacional para convertirse de facto en un “partido tradicional”, parte del sistema. Y sería un milagro que el pacto Iglesias – Colau llegara a las elecciones municipales sin heridas. Ambos dirigentes, Pablo y Ada, ambición pura, sí preferirían volver a las urnas antes que explorar ese camino. Así pues, sin una mayoría absoluta de C’s, PSC y PP, descartada por todos los sondeos y previsiones, no habrá gobierno alternativo al bloque secesionista. Que no esperen a En Comú Podem en esa apuesta.

Es mucho más probable que en una situación in extremis, comunes y podemitas opten por el sí a una investidura soberanista junto a ERC, Junts y CUP (e incluso sin la CUP si se repiten las elecciones), con la advertencia, aunque sea solo pose de cara el electorado del resto de España, de que el Parlament no aprobará con sus votos leyes fuera de la Constitución. No por aprecio a la Carta Magna, sino para no poner de nuevo en riesgo el autogobierno. Iglesias y Colau, puede que también Domènech si le dejan, podrán presumir en Cataluña de haber revertido la presunta anomalía del 155, y devuelto las instituciones catalanas “a los catalanes”. Y salir a la arena electoral española como la formación que, incluso habiendo impedido un Govern unionista, pone límites a las ínfulas secesionistas sin menoscabar la reivindicación del dret a decidir, que Iglesias y compañía están convencidas de que seduce a su electorado nacional. Casa más este funambulismo con el perfil de los morados, que unirse a las tropas parlamentarias castellanas en la reconquista de Cataluña. Y si saben gestionar el discurso, que por qué no, yo a mis cincuenta y un años sigo creyendo en los Reyes Magos, igual puedan rentabilizar la equidistancia, empero demoledora para otros partidos. Pero no soy tan ingenuo. Sí sé que Borgen son los padres, y que los padres, por conciencia o por dinero, siempre defraudan con los regalos de navidad