Palabra de honor

La palabra, siempre presente y cada vez más hueca. La palabra por la que tantos empeñaron hasta su propia vida, las palabras que llenaron las páginas de las mejores y peores historias, las que aluzaron incertidumbres y afirmaron certezas, las que henchían orgullos y marcaban a fuego decepciones.

Cumplir la palabra fue casi siempre el mejor de los contratos. Los pasiegos cerraban sus tratos mediante la palabra y un apretón de manos. Y fue así durante siglos y hasta este mismo siglo, hasta hoy, porque la palabra era ley, es ley. Palabra de honor.

Hoy la palabra se ha demostrado hueca y la excusa manida. Pocas palabras y muchas excusas para justificar las palabras que no sostienen la mentira.
Las hemerotecas se han convertido en la mejor excusa contra el virus de las palabras, ese que se pretende inocular en la sociedad para sustituir unas palabras con sus contrarias, las que configuran promesas que acaban construyendo fraudes. Da igual que sea maldita o bendita hemeroteca porque a la palabra la sustituye la zozobra y a la zozobra la maneja el sentimiento.

Son las palabras entrenadas para hacer piruetas con dobles saltos mortales con tirabuzones imposibles para el intelecto y que precisan de fe.

Palabras verbalizadas, escritas e imaginadas antaño y hoy con la irresponsabilidad de no cuidar el mimo de su fragilidad, su tamaña capacidad de herir e incluso de matar.

Hoy, que todas son palabras cruzadas, pero no mezcladas, palabras propias sin ánimo de consensuar más allá de quien sea capaz de sentir que esas palabras son melodía para los propios oídos, las palabras no valen nada porque quienes las emiten han decidido convertirlas en una especie de ilusión óptica que dura apenas lo que dura un arco iris fugaz en los días de lluvia y sol.

Da igual que Rajoy empeñe su palabra en luchar contra la corrupción porque, en realidad su palabra no vale nada, o que Puigdemont diera su palabra de no presentarse a otras elecciones porque qué es la palabra contra el insondable mundo de su propia ensoñación espoloneada por sus ángeles oníricos que, al despertar, no son sino el monstruo que le sume en su propia pesadilla.

Palabras que llenan códigos civiles y penales, que tienen tantas lecturas como inquietudes e incluso intereses. Palabras que tapan palabras como si de una lápida se tratara. Incluso palabras de la lápida.

Palabras que llenan sentencias henchidas de la satisfacción de la venganza saciada e incluso de irracionalidad rebosante de injusticia.

Da igual que se cumplan o no, porque ¿qué es la palabra además de la representación gráfica de la unidad léxica constituida por un sonido o conjunto de sonidos articulados que tienen un significado fijo y una categoría gramatical, y que consiste en una letra o un grupo de letras delimitado por espacios blancos?

En los últimos tiempos la palabra es eso que prometen los que no tienen palabra, el arma mortal de quienes no tienen valor y el adjetivo de quienes no se adornan de virtud alguna.

Y las excepciones que confirman la regla; benditas palabras que abren mares de diálogo, de esperanza, que alumbran un futuro de verdades concatenadas. Palabras que susurradas, gritadas o leídas acarician un alma dañado de mentiras por tus palabras, sus palabras, las palabras mentadas en vano generadoras de  frustraciones, el antídoto del descreimiento, de la desazón, la rabia, el dolor y la lágrima.

En estos tiempos de palabras tan huecas, cuánto mejores los silencios si no se rompen por esas palabras que llenan el apretón de manos con la legitimidad que el dinero no compra ni vende.

Malos tiempos para la palabra que sella el honor y llena espacios de reflexión colectiva.

Siempre nos quedará mañana.

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