Baila o muere

Ahmad Joudeh lleva tatuadas en su cuello las palabras “baila o muere”, porque quiere que eso sea lo último que lea su verdugo el día que Daesh ejecute la sentencia de muerte que ha dictado contra él. Su delito: ser bailarín y enseñar a bailar a niños sirios. Cuando supo de las amenazas de muerte de los integristas, les respondió de la única manera que podía hacerlo, bailando en las ruinas de Palmira.

Recientemente ha estado en Madrid, haciendo lo que sabe, bailar y enseñar a los niños. En este caso a niños de los asentamientos del extrarradio de la capital que se extienden a lo largo de los 16 kilómetros de Cañada Real. Muy lejos de Siria, con unos niños que viven una realidad distinta a aquellos pero que comparten el mismo olvido.

Ahmad nació en Siria, aunque técnicamente es un apátrida, porque vino al mundo en el campo de refugiados palestinos de Yarmuk y no tiene pasaporte. Un hombre sin nacionalidad, que tiene un trabajo que no es reconocido en el mundo árabe, que su propio padre no toleraba y que lo llevó a cortarse las venas en su adolescencia, en un intento de suicidio. La cicatriz de aquel incidente es el origen de otro de sus tatuajes, en este caso una paloma con la palabra libertad. Ahora, a sus 26 años, estudia en el Nationale Ballet de Ámsterdam, aunque su sueño es volver a Siria y poder fundar allí un ballet nacional en un país en paz.

Esta pudiera parecer una historia menor viendo los centenares de muertos que a diario produce la guerra de Siria y las del Daesh. El triple exilio de este hombre (de Palestina, de Siria y de sus propias raíces) probablemente no produzca ningún titular de portada. Pero su historia personal es el reflejo de un mundo a la deriva -y no hablo ahora del mundo árabe- que mira los acontecimientos desde la fría estadística, desde la geopolítica y la desidia de no considerar la supervivencia de la cultura y de la memoria como un bien tan necesario de protección como la propia vida humana.

Un apátrida exiliado y anónimo ha venido a enseñar a bailar a unos niños en la capital de España de los que desconocíamos su existencia y, de camino, a poner en evidencia nuestra pasividad por lo que pasa en la periferia de nuestras ciudades y allende nuestras fronteras.

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