Unos votan, otros encarcelan: la democracia, vaya

Cuando Europa saca las banderas a pasear tiemblan las columnas que sostienen su historia, incluso las del Partenón griego, que a los largo de los siglos han visto toda clase de horrores.

La Yugoslavia de Tito, un país en continua multiplicación de iglesias, lenguas y costumbres, se desmembró como un castillo de naipes azotado por una corriente de aire. El nacionalismo ocupó el lugar del socialismo autogestionario, los juegos de invierno y el movimiento de los no alineados, tan de la época precedente.

Devino Yugoslavia en varios estados y la inconsciencia transitoria de los más grandes europeos de la época moderna – Mitterrand y Kohl – provocó un enfrentamiento civil y militar en Bosnia, que dejó un saldo de horror y muerte que aún sonroja por el desinterés internacional que lo encubrió hasta bien entrado 1995, cuando la matanza de Srebrenica nos definió en qué consistía en puridad el nacionalismo de la Gran Serbia.

Nadie se hizo cargo de las consecuencias. Una vez celebrada la bandera, el mástil pasó a ser bayoneta y con las cucharas – es un hecho demostrado – sacáronse los ojos de sus cuencas unos a otros en Banja Luka, como el que hunde el cubierto en un tarro de helado para darse un disfrute.

 

En este conflicto estoy huérfano y no supero el izquierdómetro ahora que la izquierda es patriótica, ¡Pobre Jaurès, fanáticos, ignorantes e indocumentados te vuelven a matar!

 

El nacionalismo no me gusta. No me gusta nada. Soy de Brassens, que me quedo en la cama cuando suena el himno nacional. No hay bandera que me emocione más de la cuenta, y a la tricolor, que acompañó a mi abuelo a la cuneta, le tengo más respeto que el de pasearla por todos lados como si fuera un mono de feria. Así que en este conflicto estoy huérfano y no supero el izquierdómetro ahora que la izquierda es patriótica, ¡Pobre Jaurès, fanáticos, ignorantes e indocumentados te vuelven a matar!

Soy un inadaptado a la feria de vanidades que alumbra a personajes tan perniciosos como Puigdemont, Junqueras o Iglesias, uno por corto, otro por insensato y el otro por insano tacticista. Un profesor amigo mío decía que las tonterías son tonterías en cualquier idioma.

Votar no es en sí mismo democracia, y sin ley mucho menos. Bien lo sabemos los españoles que votamos mayoritariamente al PP de Rajoy y es la ley la que a pesar de ello mete a sus dirigentes en la cárcel por corrupción. A ver si nos enteramos y ponemos las barbas, o el pelucón, a remojar. Y con esto ya está todo dicho.