Mujeres vulnerables

Difícil redactar en estas semanas una columna de opinión en España que se aleje del “monotema” nacional; de hecho he pensado si escribirla en catalán para que tenga más relevancia, porque el asunto que me ocupa esta semana es, desde mi punto de vista, más alarmante para la convivencia que las urgencias políticas que se cuelan en nuestras conversaciones.

La Cruz Roja ha presentado recientemente su informe anual de vulnerabilidad social que, en esta ocasión, es monográfico sobre las mujeres víctimas de violencia de género en nuestro país. Si este informe es habitualmente más que recomendable -e incluso me atrevería a calificarlo de imprescindible para los que trabajan en el sector- en esta ocasión es de obligada lectura.

Es un retrato de la situación de las mujeres víctimas de violencia de género y arroja datos desoladores: al 80% de las mujeres maltratadas, su expareja no le permitía comunicarse con sus familiares y le controlaba su teléfono móvil y sus redes sociales. A casi el 48% no le dejaba trabajar o estudiar fuera de casa; casi el 97% reconoce haber sufrido actuaciones destinadas a intimidarlas o a minar su autoestima, con amenazas, menosprecios y humillaciones en público y en privado, hasta el punto de que se sintieron ignoradas como seres humanos; el 67% de los hijos de estas mujeres han sufrido algún episodio de violencia…

Podíamos seguir aportando estremecedores datos de los recogidos en el informe (que puede ser descargado desde la página web de esta ONG), pero todos igual de alarmantes. Uno de ellos me ha preocupado especialmente casi el 42% de ellas no está conforme con el tratamiento recibido durante el proceso judicial.

Tras la lectura del documento está claro que nos queda aún demasiado camino por recorrer, que el Estado y las instituciones deben perseverar y, sobre todo, destinar más recursos a la apremiante tarea de acabar con estas situaciones. Pero también urge que todos y cada uno de nosotros asumamos nuestra cuota de responsabilidad porque no hacer nada, guardar silencio, nos convierte en personas tan responsables de lo que está ocurriendo como lo son los propios maltratadores. Es tarea inaplazable, y de todos, acabar cuanto antes con esta lacra.

 

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