País de bolardos

Hemos encontrado la solución al terrorismo mundial, llenaremos las calles de bolardos.

Un bolardo es esa barrera física que se instala para impedir el paso o el aparcamiento de vehículos y que Ada Colau no quiso poner en Las Ramblas cuando parece que alguien, que sabía de esto, se lo susurró al oído en algún momento; lo que ha provocado que todos andemos en la disputa sobre si debían haberse puesto antes, sobre si mejor darle forma de jardineras para así no parecerse a lo que realmente son o si se deben expresar en catalán o en el idioma de Cervantes. En mi tierra también se usa la palabra para nombrar, con ánimo de ofender, a esas personas que digamos… son más cerradas de entendederas. Pero vamos, eso son casualidades lingüísticas aún no reconocidas por la RAE.

Quienes consideran que la instalación de barreras físicas en las Ramblas hubiese impedido “este” atentado están en lo cierto. Obviamente si la furgoneta no hubiese podido entrar, no habría ocurrido el atropello masivo. Otra cuestión es si un bolardo puede o no parar al terrorismo. En realidad el atropello fue el plan B de unos terroristas que pretendían instalar furgonetas-bombas en entornos monumentales. Los que creen que la serenidad nos la dará la instalación de barreras físicas, el cierre de fronteras y mezquitas, la instalación de muros de contención o que las ruedas de prensa se den en castellano, o no han entendido nada o sencillamente les interesa promover este discurso por otras razones espurias.

Entre enero y mayo de este año se han contabilizado en el mundo 388 atentados terroristas en 52 países distintos, con 3.205 víctimas; la mayoría de estos atentados (276) han sido reivindicados por organizaciones fundamentalistas islámicas; creo recordar que en esos cinco meses sólo dos de ellos fueron atropellos masivos. El total de los atropellos masivos en Europa en los últimos años han sido en torno a 13 y el de Barcelona ha sido el primero de ellos en España, país que ya sufrió uno de los atentados terroristas más importantes de los perpetrados nunca en Europa.

Sigamos pues hablando -con esa autoridad que nos caracteriza en las barras de los bares y en las redes sociales (que al fin y al cabo son lo mismo)- sobre bolardos, niveles de seguridad, controles de inmigración y sobre idiomas, de la misma forma que cada lunes hablamos de los resultados de la jornada de liga. Sigamos pendiente de las periferias de nuestras ciudades, donde se traman las siguientes acciones para devolver Al Andalus al redil del que nunca se debió ir y de paso castigar a los infieles europeos. Eso nos va a dar la sensación de tranquilidad y seguridad que buscamos. De lo que no nos interesará hablar en esas mismas tertulias es de los contratos que se resuelven cada día en esos despachos enmoquetados del centro de las ciudades, con esos países “hermanos” financiadores de las guerras de oriente próximo. No nos interesa hablar de esto porque las guerras de allí son las que crean nuestra riqueza de aquí. Por cierto que en las fachadas de esos edificios de oficinas nunca vi ningún bolardo.

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