Desaparecen 60.000 millones de euros de la economía española

En el verano de 2007 se desató una crisis financiera en Estados Unidos, la explosión de préstamos de las hipotecas basura o subprime unido al posterior batacazo de Lehman Brothers de septiembre de 2008, el principal banco de inversión de Wall Street (desde donde me encuentro escribiendo estas líneas) desencadenó la crisis financiera más grande que ha conocido el mundo occidental desde 1929.

Entonces nos vimos envueltos en una depresión monumental, y nuestros gobiernos bascularon entre las iniciales medidas expansivas de apoyo a la actividad económica de 2008 y 2009, como cualquier economista hubiese recetado y los brutales recortes posteriores, adoptados cuando esas medidas se revelaron incapaces de reactivar la economía.

Finalmente nos arrastró una espiral de deuda pública creciente y unas primas de riesgo desbocadas (2010-2013).

Pero antes, conforme entrábamos en 2009, los impagos por parte de los particulares ya habían comenzado, y el índice de morosidad de la banca aumentaba sin parar.

Poco a poco, como en un castillo de naipes, se fueron interviniendo las cajas y algunos bancos. Hasta ocho intervenciones distintas se sucedieron entre 2009 y 2011. El peso del ladrillo y el sobrecrédito ahogaba y asfixiaba unos balances en caída libre por el estallido de la burbuja inmobiliaria.

En febrero de 2012 se tomó la gran decisión. Se pidió a la Unión Europea el rescate por un importe de hasta 100.000 millones de euros, de los cuales se llegaron a usar finalmente 76.000 millones, que fueron inyectados en las entidades financieras. Con esto, y gracias a una economía que muy poco a poco se iba recuperando, se consiguió evitar que el desastre fuera completo.

El ministro Guindos decía una y otra vez que no se trataba de un rescate, lo que provocaba la hilaridad de muchos economistas y muchos agentes económicos; el famoso “llámelo usted tomate pero se trata de un rescate”; habían caído antes Grecia, Irlanda, Portugal y, finalmente iba España.

Gracias a eso la banca recuperaría la liquidez primero, y la solvencia después, así que podría devolverlos sin problemas en unos pocos años. En ese momento nosotros, España, se lo reintegraríamos a Europa, de manera que el resultado final era una financiación barata llovida del cielo que nos sacaba del atolladero sin costarnos nada.

Ya estamos en agosto de 2017 y de aquellos 76.000 millones, el Banco de España asegura que apenas vamos a recuperar 16.000. Se optó por no dejar caer a la banca, pero, en cambio, se dejó desvalidos a los ciudadanos que le debían dinero a la banca.

La alternativa, nos decían y nos siguen diciendo, hubiera sido ver cómo caían uno a uno los bancos pequeños, los medianos y hasta los más grandes, en un dominó infernal. Se hubieran perdido depósitos, habríamos llegado a corralitos, hubiera peligrado nuestra pertenencia al euro…

El resultado es que han desaparecido 60.000.000.000 euros de nuestros bolsillos.  Euros que en manos de la sociedad, libres, no cautivos, hubieran evitado desahucios no por la vía de los escraches sino del crecimiento económico, hubieran evitado despidos no por la vía de las indemnizaciones sino por una mayor actividad. ¿Cuántos cierres de empresas, dramas personales y familiares, emigraciones a países lejanos, injusticias manifiestas, depresiones, suicidios, podrían haberse evitado de no tener que cargar con esos sesenta mil millones de euros que le regalamos a la banca?

España está llena de economistas “liberales” cercanos al poder que justifican el rescate o “préstamo en condiciones favorables” porque se trata de salvar un sector estratégico.

Una familia de cuatro miembros va a soportar sobre sus espaldas, en forma de más impuestos, de más deuda, es decir, de menos empleo y más pobreza, una suma de más de 5.000 euros. Y lo va a hacer, lo está haciendo, porque en su momento no dejamos que los bancos que tenían que caer cayeran y se sanearan, o fueran comprados, absorbidos o vendidos como al mercado se le antojara.

La magnitud de la mentira, los recursos que se le han detraído a esta sociedad, la pobreza adicional que nos han causado, son tan grandes que el responsable de tal falsedad tiene nombre; Mariano Rajoy, Presidente del Gobierno de España.