Con A de amor, O de orgullo y Z de Zerolo

Hay una fecha que representa la lucha del movimiento LGTBI por sus derechos: el 3 de julio de 2015. Una lucha encabezada por un hombre, Pedro Zerolo. Las grandes movilizaciones sociales por los derechos civiles y las libertades cuentan con fechas conmemorativas que simbolizan el dolor y el sufrimiento que ha impregnado sus conquistas: el movimiento obrero señala el Primero de Mayo – fecha  que recuerda a los ‘mártires de Chicago’, trabajadores asesinados por reivindicar mejoras laborales – y el de la Mujer, el Ocho de Marzo – fecha en la que las mujeres del textil salieron a las calles de Nueva York en 1857 para reivindicar derechos salariales y condiciones de trabajo dignas -.

En España, el 3 de julio de 2015 entró en vigor la ley que se aprobó en el Congreso de los Diputados el 30 de junio de ese mismo año, del matrimonio igualitario y, por tanto, el fin de una discriminación sobre un extenso colectivo de personas que padecían una marginación legal injusta. Ni la Constitución se había desarrollado hasta entonces ni los partidos políticos habían sentido la importancia de cerrar la grieta de injusticia que impedía la igualdad de derechos de las personas homosexuales. Pedro Zerolo había estado en la tribuna de invitados del Congreso mientras sus señorías pusieron fin a una constante histórica estableciendo un régimen jurídico de igualdad que pronto traspasó nuestras fronteras y se convirtió en una realidad legal también en otros muchos países.

Por primera vez, España se situó en la vanguardia de las conquistas sociales. Por primera vez una fecha simbolizaba una conquista y no un golpe, una derrota, de un colectivo que había ganado el lugar que le correspondía en la sociedad. Por primera vez los partidos políticos asumían una realidad que hasta entonces se les había antojando caprichosa e innecesaria, eludiendo la importancia capital que tenía en la formulación de los derechos individuales de la persona.

Si aquél día marcó el fin de una época y el inicio de otra fue porque antes había habido muchas mujeres y hombres que habían luchado con tesón por lograr un cambio profundo en la sociedad. Frente a los conservadores, la derecha nacional católica – siempre a espaldas de la realidad social – un nutrido grupo de parlamentarios expresó con su voto lo que muchos ciudadanos y ciudadanas habían manifestado con su lucha, sufrimiento, entrega y dedicación , entre las brumas del silencio y de la intolerancia, en las calles, en los medios de comunicación, en una forma de vida consignada en la libertad y, sobre todo, en el valor por manifestarse tal y como eran frente a la arrogancia de la discriminación y el empeño estéril de detener el curso de la historia.

La conquista de los derechos de los gais, lesbianas, bisexuales o transexuales no es más que una transposición de lo que en su día fue la conquista de los derechos humanos, las libertades públicas y el derecho individual de la persona a ejercer con toda su plenitud el estilo de vida que deseara. Hablar de derechos de estos colectivos es hablar de derechos humanos, hablar de la represión sobre estos colectivos es hablar de la intolerancia de una sociedad de privilegios que esconde su propia realidad dañando la diversidad y la diferencia como modo de hacer política y de organizar la convivencia sobre una falsa idea, la de que todos deben responder al canon establecido por los sectores dominantes.

Pero esta lucha de tantos, también lo había sido – y lo es – contra la hipocresía. Ahí es donde reside el peor germen de este mal de la intolerancia y la discriminación, en la falta de sinceridad, en el cinismo engendrado por la conveniencia y en la falta de claridad para expresar lo que es como es con la verdad simple y llana de aceptarlo y respetarlo sin más condicionantes.

La hipocresía permanece aunque las leyes cambien. Por eso es importante que lo ganado se exprese con rotundidad, que no haya pasos atrás. La libertad, el bien más preciado, siempre está en el objetivo de aquellos que pretenden nuestra dominación. La libertad es conquistar pero también defender las conquistas. Por eso cada avance en las reivindicaciones LGTBI es un paso hacia nuevos territorios de igualdad y un anclaje real de lo conquistado en la sociedad en que vivimos.

Muchas mujeres y hombres padecieron el horror de la persecución y el castigo simplemente por ser como son y no gustar a los que mandan. Las cárceles llenas de homosexuales que sufrían en prisión las vejaciones y el desprecio cruel de sus carceleros no solo eran físicas y estaban en las afueras de las ciudades, también eran psicológicas y estaban en el interior de las personas. Electroshocks, clases de curación, etc. reflejan el odio intrínseco que la sociedad española – y otras muchas – sentían por la diferencia, despreciando la diversidad y persiguiéndola porque en ella residía el peor de los males: el derecho de cada uno y de cada una a ser simplemente como quiere ser, es decir, la libertad en estado puro. Eso es la lucha LGTBI, la lucha por la libertad.

Los avances necesarios no pueden ignorar esto. Nos compromete a todos: indiferentes a nuestra orientación sexual debemos cumplir el mandato ético de defender la libertad más allá de las fronteras del orden establecido para que la plenitud de la democracia se asiente sobre la plenitud de la vida: la libertad.

Quienes se quejan de las manifestaciones del Orgullo en Madrid, Barcelona o Torremolinos, por exageradas o extravagantes ignoran el dolor que ha acompañado a muchas generaciones que han tenido que ocultar su deseo, su amor, su experiencia de vida y su dignidad en la tortura de unos armarios que no estaban puestos ahí por ellos, sino por una sociedad intransigente y un pensamiento devastador.

El Orgullo es pues una reacción y un argumento de defensa de la libertad individual y colectiva, de los derechos, y sobre todo es un recordatorio vital para ganar espacios como el del matrimonio igualitario y para desarmar armarios de intolerancia que aún atrapan a muchos. Queda mucho por hacer, mucho por avanzar. Mucho por conquistar. Pero en España el 3 de julio y el Orgullo son las herramientas más poderosas para afianzar conquistas y ganar nuevos territorios, aún desconocidos, en los que todos y cada uno de nosotros alcancemos el derecho a la vida como queramos vivirla.

La gestación subrogada, la libre adopción, el trato justo en la relación laboral, los tratamientos hospitalarios, el cambio de identidad sexual, son solo piezas de un puzzle que se escribe con mayúsculas, como la A de Amor, la O del Orgullo, la M del Matrimonio igualitario, la I de igualdad o con la Z de Zerolo, el ser humano que entregó su vida a luchar por todas las letras de un abecedario con el que se pronuncia la palabra libertad. Y por qué no decirlo, también con la Z de Zapatero, que se atrevió a dar un paso adelante.