La Revolución Francesa desde la óptica socialista

La Revolución Francesa no podía dejar de ser analizada por el socialismo. En este artículo nos acercamos a tres visiones fundamentales. En primer lugar, estudiaremos el análisis de un socialista premarxista, Louis Blanc, para luego adentrarnos en la teoría marxista con el propio Marx, y terminar con la interpretación leninista.

La opinión sobre la Revolución Francesa de Louis Blanc (1811-1882) representa una postura claramente progresista sobre dicho fenómeno histórico. Destacado político socialista en la Revolución de 1848, padre de los talleres nacionales, publicó una Historia de la Revolución Francesa (1844-1862) en diez tomos, y la Historia de los Diez Años. La originalidad de Blanc reside no tanto en su defensa de la Revolución, sino, sobre todo en que fue el primer autor que valoró positivamente la labor de los jacobinos, criticados tanto por la historiografía tradicionalista como por la liberal. No defendió el Terror, pero lo comprendía o situaba en su contexto, ante los vicios del Antiguo Régimen, y por la reacción y presión de los enemigos de la Revolución.

Blanc dividía la Revolución en dos etapas. La primera estallaría en 1789, destruiría el Antiguo Régimen y supondría la victoria de la burguesía. La segunda, en 1793, sería la del triunfo temporal del pueblo sobre la burguesía.

El problema de la obra de Blanc reside en que, aunque el autor era socialista, su historia es eminentemente política y no concede mucha importancia a las cuestiones económicas. Pero no debemos olvidar que Blanc era un socialista premarxista.

Marx comenzó a estudiar la Revolución Francesa en su exilio parisino y con una clara influencia de Hegel, aunque terminaría por llegar a conclusiones distintas. Para Marx, la Revolución Francesa plasmaba en lo político la hegemonía económica y social que la burguesía había alcanzado en el siglo XVIII, después de un proceso que arrancaría desde la superación de la crisis bajomedieval. La Revolución había derrotado a la aristocracia feudal y había despejado la implantación del capitalismo. Marx se centró más en las causas y consecuencias del proceso revolucionario que en los hechos en sí. La Revolución Francesa es interpretada como el paradigma de la sociedad en la que el modo de producción capitalista genera un régimen político al servicio de la burguesía. De ahí la idea de “necesidad” de la revolución burguesa y no como punto de llegada, como habían defendido todos los historiadores liberales, sino como una fase de la historia que con el tiempo sería también superada, después del enfrentamiento entre el proletariado y la burguesía en el sistema capitalista plenamente implantado.

Marx se interesó mucho por el estudio del jacobinismo y de la figura de Robespierre. Consideró que los jacobinos habían errado al intentar instaurar la igualdad en el plano político sin que el desarrollo social y económico lo permitiera. La República democrática solamente era posible si se superaban las desigualdades sociales típicas del régimen burgués. El régimen jacobino era un ejemplo o ensayo de lo que podría ser una futura sociedad regida por los principios del proletariado y solamente plausible cuando lo permitiese el desarrollo de las fuerzas productivas.

Por su parte, Lenin se interesó por dos cuestiones de la Revolución Francesa: el activismo revolucionario de la etapa de la Convención y por la participación popular, aspectos que tenían una evidente relación con sus preocupaciones teóricas y prácticas. En relación con las causas de la Revolución Francesa defendió que durante el proceso revolucionario se produjo una transformación simultánea de la base socioeconómica y de la superestructura. Estallaron las tensiones de clase, aunque en principio la burguesía obtuvo el apoyo del campesinado y de las clases bajas urbanas. Durante la Revolución se liquidó el feudalismo para fortalecer el sistema capitalista. Pero la burguesía terminará por hacerse contrarrevolucionaria para controlar la Revolución. En 1792, el pueblo seguía con la Revolución cuando se produjo el asalto a las Tullerías, dando comienzo la etapa de la Convención. Después llegaría la ejecución del rey y la época del Terror. Pero, a pesar del radicalismo jacobino, la burguesía no dejó de controlar esta fase, ya que, el propio Robespierre sería, para Lenin, un revolucionario burgués. En 1794 se produjo una alianza entre la burguesía y el campesinado, tras la desaparición del peligro contrarrevolucionario, y se entró en la fase del Directorio. Lenin consideraba que la época napoleónica pertenecía a la Revolución, ya que era la fase en la que la burguesía se asentó en el poder, aspecto éste que ha tenido mucho éxito después entre los historiadores, ya que se suelen estudiar juntos. Las Revoluciones de 1830 supondrían la instalación definitiva de la alta burguesía en el poder.