Sumisas os quieren

Antonia fue capaz de escapar de una muerte segura a manos de su exmarido y rehacer su vida a miles de kilómetros de este; desde entonces está centrada en ayudar a decenas de mujeres supervivientes (así se llama la asociación que ha impulsado) que salieron de sus casas mientras podían hacerlo por su propio pie. Ahora se enfrenta, junto a otras dos compañeras, a un juicio por alzar la voz contra la violencia machista y la precariedad laboral de las mujeres.

La acusan de ofender los sentimientos religiosos una desconocida asociación de abogados cristianos de Valladolid a los que les ofendió ver procesionar una vagina de plástico -“el coño insumiso”- en Sevilla el primero de mayo de 2014. Le piden abonar una fianza de 3.500 euros que no puede pagar porque no tiene capacidad económica y porque lo poco que consigue reunir lo comparte en un comedor social que no recibe apenas ayudas externas y que nunca ganará ningún premio Príncipe de Asturias; las altas instituciones tienen una innata miopía hacia los movimientos que surgen desde la pobreza.

Estos abogados cristianos ven ofendidos sus sentimientos religiosos por una irreverente procesión, pero no les ofende ver el reguero de sangre que cada día deja la violencia machista en nuestro país. Ponen el grito en el cielo con una asociación de mujeres pobres que intenta alzar la voz en un pequeño barrio y aplauden a un ministro del interior que, el mismo día en el que se conoce la imposición de la fianza a estas mujeres, culpa a todas las ONGs del país del genocidio que los gobiernos europeos han provocado con su impericia en las aguas del Mediterráneo (aprovecho para recordarle al señor Zoido que en este país el único “efecto llamada” documentado es el de la imbecilidad política; el manido “Dios los cría y ellos se juntan”).

La Audiencia de Sevilla ha considerado que debe reabrirse el caso que una jueza había archivado previamente al no encontrar indicios de dolo o ánimo de ofender. Las juzgaran, probablemente las condenen –porque la pobreza sonora siempre merece ser condenada-, continuará el proceso cinco, diez años en tribunales y salas hasta llegar al Tribunal Europeo de Derechos Humanos, momento en el que veremos una de esas sentencias que abochornan, pero les da igual, porque lo importante es mantener el espectáculo mientras dure, independientemente de cómo acabe. Pero en el camino se habrán perdido miles de euros, un dinero que se necesita para que sigan viviendo, y comiendo cada día, las decenas de mujeres que sobreviven gracias a Antonia Avalos y a otras tantas como ella que decidieron no callar porque callar es morir.

Antonia, no estáis solas. No sé si la Justicia os dará la razón, pero estoy seguro de que si Jesucristo viviera hoy, no se habría sentido ofendido y apostaría que lo hubiésemos visto acompañándoos en vuestra manifestación.