Ocaña, orgullosa libertad

Han tenido que pasar 34 años desde su muerte en Sevilla para que se inaugure en esta ciudad una de las más grandes exposiciones -hasta el momento- de José Pérez Ocaña, pintor naif y uno de los primeros activistas homosexuales de nuestro país. Lo que me lleva a la reflexión de que es posible que tanta fiesta del orgullo –Europride incluido- no deja de ser un reclamo comercial, que se queda en la epidermis y que la consecución de una auténtica normalización de la diversidad sexual sigue estando lejos.

Lógicamente no sólo lo digo por esta exposición, que llega más de 30 años tarde, sino por las altas cifras de ataques homofóbicos que siguen existiendo en nuestro país (239 en 2016 sólo en la Comunidad de Madrid) y por las escalofriantes cifras que nos llegan del resto del mundo: 78 países (el 40% de los países soberanos que existen) tienen leyes que criminalizan la homosexualidad y en 13 de ellos además puedes ser condenado a muerte por practicar sexo con personas de tu mismo sexo.

Pero vuelvo al protagonista de mi columna de hoy, Ocaña, un hombre que supo vivir en libertad en una de las épocas más grises y con mayor intolerancia de nuestro país, los años 70. Abandonó el pueblo sevillano donde había nacido, Cantillana, para afincarse en Barcelona que en aquel momento era la única ciudad del país donde podía expresar su arte y sus trasgresoras ideas.

Destacó por su forma de vivir, por expresarse libremente sin reparar en las posibles consecuencias de sus actos, en un país todavía anquilosado en unos valores arcaicos e incluso peligrosos. En Barcelona vivió en la Plaza Real y en el balcón de su casa instaló un altar con una imagen de la Virgen de la Asunción, a la que nunca le faltaban flores. Se convirtió en un personaje típico de las ramblas, se travestía sin ningún tapujo a plena luz del día y vivía rodeado de los que le querían y entendían.

Protagonista de la revolución cultural del espíritu del 75 en la Ciudad Condal -que transformó Las Ramblas en espacio de libertad- Ocaña participó del mundo bohemio, provocador y marginal de aquella urbe y se convirtió en referente del movimiento ácrata. En 1977 realiza su primera gran exposición en la galería Mec Mec, lo que le supone su reconocimiento internacional y le permite viajar por Europa y América para descubrir nuevas corrientes, que incorpora a su propia creatividad basada en los iconos que forman parte de la mitología popular andaluza: vírgenes, altares, ángeles… a los que él llama ‘sus fetiches’ y que trata sin el menor atisbo de intención sacrílega.

Es un artista polifacético, novedoso y trasgresor, precursor de la performance; es uno de los modelos que tomaría Pedro Almodóvar en sus primeras producciones del personaje de Kike Turmix y el referente de revistas y fanzines de la época, como Star.

El 18 de septiembre de 1983 murió en Sevilla, como consecuencia de un desafortunado accidente ocurrido unos días antes, en el curso de un pasacalles con motivo de las fiestas de su pueblo natal, en el que prendió su disfraz de sol produciéndole fatales quemaduras. A pesar del tiempo transcurrido y del innegable legado que dejó, su familia no ha conseguido aún alcanzar el viejo anhelo de crear una colección permanente de su obra ni en su Cantillana natal, ni en Barcelona, su ciudad de adopción.