Mujeres en el campo de batalla

En 1970 se comenzaron a ver las primeras mujeres ejerciendo lo que eran “trabajos de hombres” por aquel entonces. Fueron las diez primeras mujeres policías locales en España y se dedicaban a vigilar el tráfico y los mercados de Córdoba bajo la atenta y extraña mirada de los cordobeses. Dos años más tarde, en 1972, se creó en Madrid la Quinta Agrupación Mixta de Circulación, que exigía unos requisitos mínimos para toda aquella mujer que quisiera entrar: no podían contraer matrimonio y si eran menores de 21 años, tenían que ir acompañadas de sus padres a los juicios.

Más adelante, en 1988, la mujer pudo ingresar en las academias militares españolas, de donde salieron las primeras mujeres soldado y oficiales de las Fuerzas Armadas. España fue uno de los países europeos más tardíos en incorporar a la mujer al Ejército, pero consiguió aumentar su peso con rapidez, llegando a tener una presencia del 12% del total de los militares en 2006.

 

Una evolución estancada con poca igualdad

 

A día de hoy, según los datos del Ministerio de Defensa, las mujeres tienen una presencia del 12’5% en el Ejército, lo que equivale a 14 mujeres más que en 2006. Un aumento irrisorio, a pesar de estar por encima de la media de la OTAN, que se sitúa en el 10’8%.

En España, tan sólo hay dos mujeres al mando de unidades operativas que ostentan un peso específico en operaciones de combate. Una de ellas podría convertirse en la primera mujer general de la historia de las Fuerzas Armadas españolas en 2022.

El Ejército español vende al exterior la imagen de una mujer muy bien representada que puede acceder a cualquier escala y cuerpo, pero se ha quedado sólo en eso. Para ser coronel se necesita veteranía, algo difícil para las mujeres que iniciaron su andadura en el Ejército en 1988, pero imprescindible para ascender con el actual método de promoción de las Fuerzas Armadas, que prioriza la antigüedad antes que las aptitudes individuales.

Por otro lado, la igualdad brilla por su ausencia en las mayoría de los casos. No existe igualdad numérica, ni tampoco en la capacidad de toma de decisiones. Difícilmente podría haberla si las mujeres aún no han tenido acceso a los puestos más altos de las Fuerzas Armadas. Sólo existe igualdad ante la ley, ya que ambos poseen los mismos derechos.

 

Las mujeres fuera de nuestras fronteras

 

En otros países, como Noruega o Estados Unidos, el papel de la mujer en el Ejército es mucho más notorio.

En Noruega, Tonje Skinnarland se convirtió en febrero de 2017 en la primera mujer en ostentar el mando del Ejército del Aire de su país, después de tres décadas de servicio. Una mujer orgullosa de su trabajo que opina que es absolutamente necesario que las mujeres ocupen posiciones de liderazgo para el desarrollo del Ejército y que niega haberse sentido menospreciada desde que obtuvo el ascenso.

En el caso de Estados Unidos, en 2013 el Gobierno de Barack Obama ordenó abrir todas las posiciones de combate a las mujeres. Desde entonces, hombres y mujeres arrojan las mismas granadas y llevan los mismos macutos y ametralladoras.

 

El futuro

 

La tónica general debería ir en una misma dirección, la de que las mujeres puedan ejercer su labor en el Ejército del mismo modo que lo hacen los hombres. El Ministerio de Defensa español defiende que se ha trabajado para poder tener una “estructura institucional permanente”, con el Observatorio Militar para la igualdad entre hombres y mujeres en las Fuerzas Armadas, pero aún no es suficiente. Todavía, el grueso de las mujeres en el Ejército se concentra en los puestos de menor rango (soldados, marineros y cabos), donde trabajan unas 12.600. Una cifra pequeña que llega a doblar en número a las mujeres oficiales.