Ignacio Echeverría, testigo irrefutable de toda la nobleza humana

Entre todos nosotros  “uno, uno tan sólo basta como testigo irrefutable de toda la nobleza humana”. Esto que escribió Cernuda a un brigadista bien vale hoy para reconocer la obra efímera pero contundente, audaz y valiente de Ignacio Echeverría, el ciudadano español que viéndose ante la brutal agresión homicida de un yihadista a una mujer en Londres la noche del pasado sábado, se enfrentó con él hasta acabar derrotado en el suelo y muerto a cuchilladas por sus compinches.

Que la naturaleza humana también es la del criminal que fanatizado por sus ensoñaciones mesiánicas es capaz de salir a la calle y arrollar con un vehículo a cualquier persona que se le cruce en el camino, embestirla con la máquina y acabar con su vida o de empuñar un cuchillo e ir apuñalando con paso firme a todo el que pasa por su lado, también es un hecho irrefutable. También somos así, seres sin alma ni corazón, incapaces de sentir amor por nuestros congéneres, incapaces de valorar el pulso de la vida o de sentir el impresionante milagro que es la existencia de los seres humanos, sus vidas, sus historias personales, sus anhelos y esperanzas, sus sueños e ilusiones, su deseo de vivir y de emprender cada día el destino al que aspiran.

Pero uno solo nos redime. Dice el Talmud que “quien salva una vida salva al mundo entero” y es cierto. Nos lo ha recordado Ignacio, de 39 años, con su ilusión de vivir y de disfrutar de la vida por delante y capaz de arriesgarlo todo en un acto natural, impulsivo, por salvar una vida amenazada, hasta el punto de morir en el empeño. Uno imagina la mente turbia del fanático, del asesino, los pensamientos que la inundan, el vertedero que hierve en su cráneo enfermo, y no es capaz de imaginar el alcance de su patología criminal. No es posible, por eso somos humanos, por eso hay esperanza. Porque nadie de entre nosotros es capaz de entender la conducta del asesino, sus motivaciones, nada de lo que inspira su comportamiento atroz.

 

Nuestra supervivencia depende de nuestra capacidad para hacer el bien, por mucho que parezca que es el mal el que tiene futuro. Perderán. Nos lo ha dicho Ignacio con su impulsiva apuesta por la vida de una mujer sin expresar apenas cuidado por la suya

 

En cambio, Ignacio, con un solo gesto, con un único acto surgido de una reacción para él natural – defender al atacado, al débil, al sometido, al dañado – nos muestra con claridad el principio moral que asegura nuestra supervivencia. En el fondo, el bien existe;  la bondad existe, la bonhomía también, y ese es el pasaporte de integridad que nos asegura el futuro. Nuestra supervivencia depende de nuestra capacidad para hacer el bien, por mucho que parezca que es el mal el que tiene futuro. Perderán. Nos lo ha dicho Ignacio con su impulsiva apuesta por la vida de una mujer sin expresar apenas cuidado por la suya.

La insoportable espera hasta conocer su identificación nos ha ayudado a dotar a su acto heroico de toda la verdadera significación que tiene. Y a conocerle a él mejor para  que el vértigo de la información sobre los crímenes de los islamistas y la reacción penosa de los políticos enzarzados en su mezquina carrera de intereses – May se ha colocado al nivel del peor Aznar, aquél de las mentiras interesadas del 11M – no desdibuje el valor vital de la obra construida por Ignacio Echeverría en su noble respuesta al crimen.

Con su skate, símbolo de esa ingenuidad natural con la que viven las personas honestas que no tienen doblez, Ignacio nos ha devuelto la esperanza en el ser humano, porque como dijo el poeta, uno solo basta como testigo irrefutable de toda la nobleza humana. Ignacio Echeverría es nuestro testigo. Gracias, Ignacio.