Personas ordinarias que hacen cosas extraordinarias

En los dos últimos años he podido conocer a diversas personas que en un momento determinado de sus vidas eligieron dar un paso adelante por su país y se lanzaron a pelear por él en las selvas de Colombia o en las de Myanmar. A pesar de los miles de kilómetros que separan ambos países, me ha sorprendido que, en todos los casos que he conocido, se trata de personas ordinarias (en su acepción de corrientes).
Quizás parezca una perogrullada este razonamiento pero para mí, que afortunadamente me tocó vivir en un lugar y en un momento sin este tipo de conflictos no lo es en absoluto. Uno tiende a pensar que quien toma la decisión de lanzarse al monte a pelear por la libertad de su pueblo o por sus ideales lo hace porque está excepcionalmente comprometido, porque tiene una gran capacidad de liderazgo y, por supuesto, muchísimo valor; pero no, la mayoría son personas corrientes que en un momento determinado de su vida tomaron una decisión muy poco corriente.
Es obvio que siempre hay algún detonante, algo con la suficiente fuerza como para hacer salir los redaños de cada cual y hacerlos ponerse a luchar por revertir la situación. En la mayoría de los casos este detonante tiene que ver con abusos de poder y con la represión desde los poderes públicos. Pero si valor hace falta para lanzarse a luchar, más es el necesario para, cuando la situación lo permite, sentarse en una mesa a negociar la salida del conflicto con la parte que lo provocó, algo que está ocurriendo en la actualidad en ambos países.
Como digo he tenido la oportunidad de conocer ex-guerrilleros en América y Asia. He podido conversar con ellos, reír, compartir mesa, mantel y tragos, ir al cine… El último que conocí fue un joven que fue niño soldado en Myanmar y que me invitó a participar en su fiesta de cumpleaños en Rangún y a compartir una magnifica conversación en ese inglés etílico que ambos hablamos sin dificultad, cuando media una botella de buen whisky. Sí, son cosas que todos hacemos, que no serían extrañas si no fuese por el tiempo que hacía que él no podía celebrar su cumpleaños en la ciudad que lo vio nacer. No podía porque tomó la decisión en su momento de que el país que debía heredar su hijo no se merecía una dictadura tan longeva y se aprestó a combatirla. Y sí, ahora puede hacerlo porque hace varios años decidió, junto con sus compañeros de armas, sentarse a hablar con los que le expulsaron al monte. Gracias a su lucha, y a la de otros muchos, Myanmar estrenó un gobierno democrático el pasado año.
No he vuelto a tener contacto con él, pero estoy convencido que, desde el día que se produjo el cambio de gobierno, volvió a su casa con su familia y se puso a trabajar en un taxi o en una tienda o en lo que sea, porque tras la excepcionalidad volvió a ser esa persona corriente que en realidad siempre fue.
Como ven, esta pequeña historia no es la del Che Guevara, ni la de Sandino, ni la de Pancho Villa, es la gran historia de las miles de personas ordinarias que dijeron basta y se pusieron a hacer cosas extraordinarias.