Antes de meter, prometer

Con las operadoras de internet y telefonía móvil pasa como con los amantes donjuanescos, antes de meter (firmar) prometer, después de metido (firmado) nada de lo prometido.

Al principio, te llaman, te llaman mucho, te dicen cosas bonitas, que te pondrán el mejor aparato, con las mejores prestaciones, el más rápido, el más alto, el más guapo. Te presentan folletos satinados con colores luminosos, familias sonrientes, y megas, muchos megas, y minutos, muchos minutos. Y cuando más deslumbrada estás por las promesas de amor eterno te dan el toque de gracia con algún regalo, un terminal de alta gama, ¡fútbol gratis!, las series de moda o barra libre de películas.

Así no hay corazón de hierro que se resista y claro, acabas sucumbiendo y aunque tratas de sacudirte el velo que la pasión pone a tu mente escuchando con atención la grabación en la que queda sellado vuestro amor eterno, siempre se te escapa algún detalle: los escasos tres meses que dura la oferta, la cuantiosa penalización que supone rescindir el contrato antes del año, el precio del minuto o el mega fuera de tarifa, que cuesta como si fuera pellejo de prepucio de neo nato… esas cosas.

Si tienes suerte, al principio todo irá bien, si tienes suerte porque hay quien desde el principio descubre que su príncipe es un sapo asqueroso y el kit autoinstalable no funciona, o el router no se configura solo, o tu ordenador no se entiende con el wifi… y tardas días, o semanas, en conseguir navegar las procelosas aguas de la red. Pero si tienes suerte, decía, durante unos meses, todo irá bien.

Un día, en tu factura descubrirás que el fantástico precio con el que te conquistaron era solo una impostura y que retirados los descuentos, cual capa de maquillaje, la realidad es que el producto es tan caro como cualquiera similar de la competencia y que cuando te quejas de ello, de tu grabación no hay ni rastro, como se pierden aquellas promesas de amor de las primeras conversaciones en las que cualquier amante galante te sumerge hasta hacerte perder la razón.

O quizás un día ya no podrás ver el fútbol, seguramente a punto de un derbi o el día antes de que se dispute una final que llevas todo el año esperando ver y cuando llames para quejarte habrá una pequeña, diminuta cláusula que seguramente alguien olvidó comentar en el momento de la formalización el contrato pero dirán que fuiste tú, obnubilado por el verde brillante del césped recién cortado, o las fuertes piernas musculadas de tu astro favorito que no estabas atenta.

En el peor de los casos un día te darás cuenta de que tu amado es como los demás, ni más alto, ni más guapo, ni más rápido, ni con más megas, sencillamente como cualquier otro, pero más caro y, superado el desengaño inicial y la pereza de volver a empezar otra relación, empezarás a buscar un nuevo objeto de tu deseo, uno que te seducirá con nuevas promesas de amor, tan parecidas a las anteriores que deberían hacerte sospechar, pero el hombre, y la mujer, somos los únicos animales que tropezamos mil veces con la misma oferta trampa y pedirás la portabilidad.

Entonces, tu despreocupado y perezoso amante volverá a ser aquel diligente Romeo que te perseguía con sus promesas de amor, con sus regalos de flores y móviles, con sus ofertas de placer y velocidad, cualquier cosa antes de verte en los brazos de otra compañía. Aquí te asaltarán las dudas, ¿me voy con el nuevo, aunque sepa que quizás su interés será tan efímero como el anterior, pero al menos me doy el gustazo de darle una lección al embustero o, me quedo con lo viejo conocido que durante algún tiempo vivirá con el miedo en el cuerpo de que me marche?

Creedme, dará igual lo que hagamos. Con el viejo o con el nuevo, un día se romperá el amor. Caerán las caretas y todo terminará con un compromiso de permanencia incumplido, un recibo devuelto o un móvil impagado… y rotos los lazos para siempre. Le seguirán llamadas amenazantes a todas horas (suerte que ahora los móviles tienen lista de números rechazados y la tortura acaba en pocos días), cartas de bufetes de abogados que te amenazarán con todos los males del infierno y un juicio monitorio que nunca llega porque sale más caro el collar que el perro y finalmente nuestro nombre en la guía de morosos pertinente.

¡Qué corto el amor y cuán largo el olvido!