Porteadoras de nuestra indiferencia

Todas las mañanas miles de mujeres marroquíes aguardan la apertura de las fronteras de Ceuta y Melilla para cruzarlas. Aunque ponen rumbo a una de ambas ciudades, nunca llegarán a pisarlas, porque su destino son los almacenes de la periferia, donde recogerán tanta mercancía como puedan portar encima (un mínimo de 50 kgs.) para volver a cruzar, en sentido inverso, el paso fronterizo y, si hay suerte, repetir la operación una o dos veces más a lo largo del día.

Ellas no son dueñas de lo que transportan, se limitan a cargar productos que han sido comprados por comerciantes marroquíes a este lado de la frontera, sin pagar aranceles ni impuestos en España, y que luego serán revendidos en su país. Estas mujeres recibirán entre cinco y ocho euros por cada bulto transportado. No son trabajadoras formales, por lo que no tienen ningún tipo de derecho y si un día no pueden trabajar, no cobrarán.

En este trasiego diario sufren agresiones físicas y verbales, están expuestas a las inclemencias meteorológicas, no disponen de áreas de descanso ni de aseos y tienen un constante riesgo de avalanchas ya que estos puestos fronterizos no se diseñaron para soportar este tráfico de personas cargadas con enormes bultos a sus espaldas.

Este curioso tráfico -impensable si intentarán salir con esta misma mercancía en dirección a la península- se basa en una peculiaridad jurídico-legal que existe en esta frontera, que hace que estas mercancías no pasen por ningún tipo de control aduanero si son portadas como equipaje de mano (independientemente de su dimensión o peso) y nuestro destino es Marruecos. Se calcula que entre ocho y diez mil mujeres se dedican en cada ciudad a esta alegal actividad que mueve unos 1.000 millones de euros al año y que representan el 50% de las exportaciones de ambas ciudades. Lo que explica el porqué la administración española permite esa “anormalidad” mirando, sin tapujos, hacia otro lado.

Puntualmente vemos en los medios de comunicación noticias relacionadas con esta actividad, normalmente vinculadas a avalanchas de mujeres en alguno de los no adaptados puestos fronterizos, como el que le costó la vida el pasado mes de marzo a Souad en El Tarajal, en Ceuta. Pero para la mayor parte de la población esta actividad es como si no tuviera nada que ver con nuestro país, incluyendo a los residentes de ambas ciudades autónomas.

Quizás es ilusorio pedir a la Unión Europea una modificación de los tratados fronterizos con Marruecos y probablemente perjudicial para las miles de personas que dependen de estos intencionados atajos legales; pero es inaplazable que el gobierno español tome medidas de adecuación de la infraestructura de estos pasos fronterizos a esta realidad y que establezca protocolos claros que garanticen el respeto de la dignidad de estas mujeres, aclare las competencias de los distintos cuerpos policiales y normalice las dimensiones y pesos máximos de los bultos que transitan por ellos.