Manchester: un crimen insoportable, una matanza atroz

El mundo se desangra continuamente. En Siria, en Yemen, en Libia, en Nigeria, en Irak, en, en… Es un debate mezquino plantearse si estamos más atentos a la muerte desgarradora cuanto más cerca sucede, e ignoramos, además de por distante por costumbre, cuando ocurre en los países diana del terror. El crimen de Manchester es una tragedia insoportable por la maldad que encierra. Si en los atentados de Nueva York, además de hacer daño, perseguían derribar un símbolo, este del Manchester Arena ataca al corazón mismo de la sociedad a través del crimen sobre las personas más vulnerables: adolescentes y niños.

Es un horror que enmudece cualquier disputa política menor, que ensombrece la racionalidad que debe presidir la reacción. Da igual, el asco se impone, la ira también. Así como durante los años de plomo, los amigos de los terroristas de ETA hablaban sin pudor del ‘conflicto’ – término reeditado por un político despreciable – para definir la matanza sangrienta continua, ahora se tiende a minimizar el impacto del terror aduciendo que el clima de sangre es universal, y más aún allí donde se disputa el suelo. Establecer una línea moral entre ambos hechos – igual de abominables – refleja un severo problema ético entre quienes lo hacen, pues de esa forma se trata, igual que ocurría con ETA, de decir que el ‘conflicto’ – un hecho ‘objetivable’- es la causa del asesinato sin escrúpulos y no los criminales por sí mismos.

 

Que el horror en los países que son impacto directo y continuo del salvajismo de los asesinos es una realidad constante nadie lo duda, poner en cuestión la dimensión de la tragedia de Manchester, Bruselas, Niza o París, porque “allí’ es terrible lo que pasa es la forma en la que los criminales se apuntan dos tantos en un solo ejercicio sangriento

 

Nadie que tenga una visión panorámica de la realidad puede negar la implicación deleznable de lo que se llama habitualmente la ‘comunidad internacional’ en el surgimiento de Daesh, en la conversión atroz de la falsa ‘primavera árabe’ en una oportunidad para hacer negocio con el caos – hasta que, una vez más se les fue de las manos -, y que la guerra en Irak – de incalificable aberración – fue el detonante brutal del horror generalizado como lo ha sido el irresponsable comportamiento de los gobiernos de tres países perfectamente identificables (Estados Unidos, Francia y Reino Unido) en su extensión a una Siria que aún está sometida a la barbarie de los morteros, las bombas y los misiles.

Pero dicho esto, conviene tener muy en cuenta que no hay equidistancia posible ni justificación admisible ni razonamiento plausible que lleve aparejado dar una explicación política al sectarismo asesino que se manifiesta en estos crímenes como el de ayer. El fanatismo religioso no es un producto en sí mismo de la situación de crisis sino una manifestación de un fenómeno abominable que ha hecho de la religión una herramienta para hacer correr la sangre por la sangre misma. No es soportable ya más comprensión cuando deliberadamente se empuja a los niños a caer muertos bajo una bomba. Como es incalificable el asesinato premeditado cuando las bombas se lanzan en hospitales, barrios o campamentos donde seres igualmente inocenetes y vulnerables intentan sobrevivir.

 

Siento una profunda repugnancia por todo lo que no se alza contra la muerte, el dolor y el sufrimiento sea en Manchester o en donde sea

 

Así que contraponer uno contra otro es el principio del éxito de los terroristas y condenar sin paliativos el mal que se encierra en estas actuaciones, aquí o ‘allí’ es una obligación moral para todos. Siento una profunda repugnancia por todo lo que no se alza contra la muerte, el dolor y el sufrimiento sea en Manchester o en donde sea, pero cuando es donde es, es que es donde es, y de eso es de lo que hay que hablar. Y para hablar claro hay que condenar y responder sin timideces ni paliativos. Asesinos.