La extraña e insólita guerra de Trump

En diciembre de 2016, The Washington Post publicaba en exclusiva las conclusiones a las que había llegado la CIA sobre la interferencia de Rusia en la elección del presidente Trump. Para el organismo de seguridad americano esta era una posibilidad cierta. En febrero, el consejero de Seguridad Nacional, Michael Flynn, tuvo que dimitir cuando se descubrió que había ocultado sus negociaciones  con el embajador ruso en Washington para dar una respuesta a las represalias de Obama.  El director del FBI, James Comey, y de la NSA, almirante Mike Rogers, comparecieron ante el Comité de Inteligencia del Congreso. Comey fue inusitadamente preciso: “ el FBI está investigando los esfuerzos del Gobierno ruso para interferir en la elección presidencial de 2016, y que eso incluye cualquier relación entre individuos asociados con la campaña de Trump y el Gobierno ruso y si hubo alguna coordinación entre la campaña y los esfuerzos de Rusia“.

Jeff Sessions, el nuevo fiscal general estadounidense, confesó, una vez que supo que se iba a hacer público, que había mantenido conversaciones con el embajador de Rusia durante la campaña presidencial. Jared Kushner, yerno y asesor de Trump, será interrogado por el Comité de Inteligencia del Senado de EE.UU. Una vez más, hace apenas dos días, The Washington Post asegura que el FBI obtuvo en 2016 una orden de un tribunal para interceptar las comunicaciones de Carter Page, consejero de la campaña republicana, debido a las sospechas de que trabajaba para Moscú.

 

La sospechosa sintonía de Trump y de su entorno con los intereses rusos y la relación mutua de ambos

 

Estos datos revelan la sospechosa sintonía de Trump y de su entorno con los intereses rusos y la relación mutua de ambos. Tanto es así que la maquinaria de investigación oficial y las actuaciones de los jueces, unido a la desafección de una parte considerable de establishment republicano en el Congreso y el Senado, anunciaban hace tan solo unos días que podría precipitarse una fuerte crisis institucional que diera al traste con la presidencia del magnate.

Que Al Asad no es un bendito es un hecho poco discutible. Que actúa en la guerra con la misma impiedad con que lo hacía en la paz su padre, es evidente desde hace seis años. Muchos tildarán al régimen sirio de despiadado, cruel y malvado. Otros asegurarán que era el único reducto civil en Oriente Medio gobernado desde el laicismo. Pero nadie dirá que Al Asad es un cretino, un iluminado, un imbécil.  Por eso, el ataque que acabó, al parecer, con la vida de 83 personas en la localidad de Jan Seijun, provincia noroccidental de Idlib – lejos de los frentes clave –  es un sin sentido estratégico que solo se podría explicar con razonamientos que escapan a la guerra misma.

 

El problema de este presidente es que debe soltar aún más humo para seguir su lógica, y para ello ya ha fijado, tras Afganistán, su atención en Corea del Norte

 

Barry Levinson y David Mamet escribieron una película en 1997 – Wag the Dog (La cortina de humo)- que parodiaba los movimientos de distracción que una administración americana hacía para tapar un escándalo sexual que afectaba a su presidente. Fabricaban, con ayuda de un productor de Hollywood, una crisis militar imaginaria en algún punto del mapa europeo para fijar allí la atención y no en las debilidades de su presidente.

Lo que está sucediendo desde que comenzó la grotesca secuencia del bombardeo de Idlib, el posterior ataque norteamericano con 59 misiles a la base siria de Shayrat, cerca de Homs y ahora, el lanzamiento de una bomba MOAB, ‘la madre de todas las bombas’, en medio del desierto de Afganistán para destruir unos túneles de los que nunca habíamos oído hablar, incrementando una imprevisible tensión con Rusia mientras se investigan sus concomitancias con la administración Trump, nos deja perplejos, confundidos y ciertamente inquietos, presumiéndonos repentinamente personajes – extras, más bien – de una película absurda en la que nos toman por bobos.

El problema de este presidente es que debe soltar aún más humo para seguir su lógica, y para ello ya ha fijado, tras Afganistán, su atención en Corea del Norte. Allí donde habita otro personaje de la misma dimensión y catadura moral que Trump.

Que Dios nos coja confesados.