Venezuela

Se sientan más o menos simpatías por el movimiento chavista, lo cierto es que todos, empezando por la Fundación Carter y la propia ONU, hemos admitido que desde que se aprobó la Constitución Bolivariana, las elecciones en Venezuela han venido siendo limpias. Con convulsas y gruesas campañas, no exentas de violencia y rozando el enfrentamiento civil. Con una derecha en minoría frente el apoyo popular al partido de Hugo Chávez, que ha estado poniendo en permanente duda el sistema y haciendo una oposición poco limpia, y con clara voluntad de dividir a los venezolanos. Pero mientras de las elecciones han venido resultando gobiernos amparados por una mayoría parlamentaria emanada del inapelable un ciudadano, un voto, no pocos hemos defendido, incluso con sus muchos abusos y errores, la legitimidad de los gobiernos chavistas.

Hasta que en marzo de 2017 el Parlamento ha retirado la confianza al Presidente Maduro y hecho uso de su capacidad de bloqueo legislativo. Eso, en una democracia europea, los llamamos moción de censura, y suele ir pareja de la dimisión del Presidente o Primer Ministro de turno y la convocatoria inmediata de elecciones.

 

Chávez molaba. Pero con Maduro, Venezuela pide a gritos una gestora

 

Quede claro que me posiciono entre los no tienen tan claro que Leopoldo López haya sido injustamente condenado por la justicia venezolana, o que se trate de un “preso político”, si bien me gustaría que no estuviera en prisión. Aquí en España, es lo que siento por el sindicalista Andrés Bódalo, un año preso ya.

También que repulso sin ambages los valores que representa la derecha venezolana, tan “pepera” y de nuevo tan fuerte.  Y a quienes promueven los movimientos ciudadanos contra el propio concepto de “república bolivariana”. Que de eso va la cosa. Nicolás Maduro ha sido censurado y humillado por su propio parlamento. Como respuesta ha decretado la muerte de Montesquieu, otra vez,  en una democracia latinoamericana. Los jueces nombrados por el chavismo han secuestrado para el presidente el poder legislativo, y han dotado a Maduro de plenos poderes ejecutivos, incluso para rechazar por la fuerza la indignación ciudadana. Proclamando, de facto, al sucesor de Hugo Chávez como caudillo de Venezuela “por circunstancias excepcionales”. Eso se llama Golpe de Estado.

En democracia somos mejores cuando concitamos mayorías y gestionamos esa confianza con lealtad y diligencia, liderando una Administración justa y equitativa, en una convivencia pacífica propia de un Estado de Derecho. No lo somos si perdemos el respeto a las urnas y no asumimos que ya no disponemos de las mayorías que antaño nos legitimaban. Y no lo somos  si nos creemos tan fuertes como para atrincherarnos e impedir el fin de una época, en vez de trabajar y luchar por volver a ser mayoría. Eso no es democracia.

Chávez molaba. Pero con Maduro, Venezuela pide a gritos una gestora.

———-

NOTA 1 (actualización): Este sábado, Nicolás Maduro ha dado marcha atrás en su autogolpe, y ha “exortado” al Tribunal Supremo del país a devolver los poderes ejecutivos a la Asamblea Nacional. Los jueces chavistas así lo han hecho y a esta hora se entiende recuperada la “normalidad democrática”, aunque continúan las manifestaciones y expresiones de enfado en la oposición popular al presidente venezolano. El golpe ha fracasado. Permanece el enfrentamiento.

NOTA 2: Lo más lamentable del estúpido paso dado por Nicolás Maduro, es que a ver quién calla ahora la boca a toda esa derecha reaccionaria y manipuladora. Porque aún habrá quien sea tan torpe (ya lo ha habido, de hecho) de intentar justificar y entender el camino emprendido por el presidente venezolano

NOTA 3: Maduro se ha convertido en un grano en el culo de Podemos como el querido Fidel Castro lo fue en vida para la socialdemocracia europea. A ver cómo salen los de Pablo Iglesias de esta.