Recordar: la memoria perdida del 11M

Recordar: la memoria perdida del 11M

No quedan ni los ecos. España, desmemoriada, no recuerda  ni olvida, ignora. Sigue palpitando el latido lacerante, pero no está presente. Miramos a otro lado: ya pasó. Se trata de mirar adelante, podría argumentarse, pero es una excusa vana. Se puede mirar adelante, construir teniendo presente algo tan importante, algo que debería unir y alentar el propósito de actuar mejor, de evitar que sucediera de nuevo no por vigilancia, sino por conciencia. Pero en España la conciencia es lo que se ve en un espejo que deforma.  La vida es, nos dicen, un camino que se hace al andar. Pero no así. El poeta no pensaba en eso, sino en lo contrario: en avanzar en experiencia, con sentimiento, con razón, con sentido común. La memoria es lo que nos distingue, lo que nos hace humanos.

No es posible sentir sin recordar, no es posible ser sin saber que hemos sido, estado; que hemos vivido antes lo que no queremos vivir de nuevo. Por eso es tan importante. Hay familias, hay personas, hay amigos y desconocidos entre nosotros que viven atrapados, encerrados en un solo día.

Nuestra obligación de recordar es nuestra voluntad de sacarlos de la soledad del dolor, de compartirlo y atenuar, así, sus efectos. Pero no lo hacemos. Todo es institucional. Y muchas veces ha sido mezquino. Con mezquindad se ha traído la memoria de aquél día para dar sentido a una reclamación política con argumentos insultantes. Y lo institucional, respetuoso y prudente, es también frío y alejado. Por eso lo importante es el acto de cada uno, el comportamiento de cada uno, de todos sumados uno a uno.

Recuérdalo tú y recuérdalo a otros, escribió Cernuda.  Recordar es revivir. Recordar es devolvernos a los ausentes. Abrirles la puerta del regreso. Recordar es compartir. Por eso, cada once de marzo debemos traer a los que se fueron, acompañarlos de vuelta con nosotros, entregarles un instante de nuestro tiempo y eternizarlos en un gesto, un movimiento del corazón. Cada once de marzo debemos atravesar la frontera del calendario, justo en ese día, para decir que el resto de los días, a veces, casi siempre, siempre, tenemos una deuda moral, un deber ético, una obligación de solidaridad con aquellos que estaban allí justo en el momento, en el instante fatal, en el lugar fatídico donde nos esperaban a todos y se encontraron con ellos, los que se fueron por nosotros dejándonos tan solos.

Para que ahora no queden ni los ecos, porque España, desmemoriada, no olvida ni recuerda, pero sí ignora. Y en ese vacío insoportable de la ignorancia nos convertimos en lo que de verdad somos. Aún estamos a tiempo de evitarlo. De un acto semejante de recuerdo surgirá, quién sabe, lo mejor de nosotros. Los que aún estamos para poder contarlo.