La pequeñez de los mediocres, la verdadera grandeza de los militantes

A diferencia de lo que podía pensarse en la Grecia Clásica, la política ha dejado de ser, hace tiempo, una actividad enmarcada en los actos más nobles de la condición humana. Ni siquiera el oficio – porque ya es un oficio – de la representación, viste las galas de lo excelso. Se ha tornado algo gris que convierte en meticuloso el desprecio por la pasión y la grandeza del servicio público.

No es que haya un pensamiento anti política, aunque esto que llaman populismo haya dedicado mucho tiempo a denigrar la actividad, con la ayuda inestimable de quienes vienen haciéndola, dicho sea de paso. Es que, de un tiempo a esta parte, la aparición de algunos personajes ha dejado expuesta a la visión de todos, la facilidad con la que se hacen tejemanejes y corrimientos que la dejan en muy mal lugar.

En la crisis de Podemos es imposible profundizar en razonamientos de mayor envergadura que la tenaz resistencia de Pablo Iglesias a dejar de ser el becerro de oro que todos adoran, como en el pasaje bíblico, mientras se sienten ya los pasos de Moisés presto a abrir el suelo bajo sus pies y hacerlos desaparecer de la faz de la tierra.

 

Si habla Alfonso Guerra, se empequeñece el mediocre, como pasó en la presentación de El Socialista en la ya vieja sede de Ferraz, escenario hace bien poco de las tribulaciones de los arribistas aferrados a una urna de cartón

 

Lo del PP es agónico. Pero no por una agonía que refleje una crisis interna, sino porque su estructura se edifica sobre la negación del pensamiento y el amarraje rotundo a los mecanismos del poder cuando estos están a su alcance sin más plan y objetivo que retenerlos en continua concesión a los poderes económicos.

Y en el PSOE, ya se ha visto todo claro. No por actuación de los que se desenvuelven en el mapa maniqueo de las intrigas, sino por los que con la grandeza de su discurso dejan en evidencia a los parásitos que absorben las energías del centenario partido. Si habla Alfonso Guerra, se empequeñece el mediocre, como pasó en la presentación de El Socialista en la ya vieja sede de Ferraz, escenario hace bien poco de las tribulaciones de los arribistas aferrados a una urna de cartón que terminó por devorarlos por la ranura.

 

 

Alfonso Guerra explica el papel del periódico fundado por Pablo Iglesias pone a la vista de todos la tradición histórica del PSOE, que no es otra que la del sacrificio, el compromiso y la entrega de mujeres y hombres buenos a la consecución de un ideal de justicia

 

 

Si Alfonso Guerra explica el papel del periódico fundado por Pablo Iglesias, pone a la vista de todos la tradición histórica del PSOE, que no es otra que la del sacrificio, el compromiso y la entrega de mujeres y hombres buenos a la consecución de un ideal de justicia. Impresiona la dialéctica del veterano dirigente socialista, que pone en evidencia la falta de sentido que alumbra los actos de quienes, llegados al partido obrero por la vía de la coptación sin otra mirada a la militancia más allá de sus carreras políticas, piensan que esta es un contenedor de oportunidades para revalidar sus ambiciones. Militancia, en palabras de Guerra, recuperando la vieja historia centenaria, era cambiar la vida de los semejantes en una España oscura.

La voz de Alfonso Guerra, clara y limpia, hilando con perfecta armonía el curso de la historia del periódico del PSOE mediante datos y anécdotas reveladoras del significado del ser socialista, contrasta con la presencia en el salón de actos – y en el día a día- de algunos de los atrabiliarios personajes de este tiempo – por ejemplo, el escurridizo Orcar López, apostado contra una columna, siempre dispuesto a cambiar esa apoyatura por cualquier otra- – que con toda seguridad carecen de la sensibilidad necesaria para entender el significado, tanto como el valor, de la historia relatada por Guerra: cosas de viejos, se dirán.

En este tiempo de mediocres y funcionarios de su propia ambición personal, Alfonso Guerra dio a los presentes, y a todos, no una lección de historia, sino una lección moral que, desgraciadamente, los más necesitados de ella habrán ignorado pensando – entretanto que este hablaba – en encontrar una nueva oportunidad para dar sentido a su verdadera naturaleza: el pilla pilla.

El Socialista se reencuentra con el PSOE, como muchos nos reencontramos con Alfonso Guerra y sentimos, con él, que habíamos vuelto a casa.