Peña Nieto y el laberinto mexicano ante el muro de Trump

Le preocupa a Peña Nieto, cada mañana, la relación de México con su vecino del norte por el propósito de Trump de construir un muro en la frontera… Ya existe una valla, porque ya existe una emigración a los Estados Unidos cargada de desdichas y sufrimientos, y sí, una gran valla, defendida por Hillary Clinton. Quizá no le preocupa a Peña Nieto la vida de los paisanos que arriesgan todo para cruzar el Río Grande, colarse por las rendijas que aún son practicables y llegar a la tierra de promisión a sufrir la miseria de un mundo nuevo, y mandar las remesas, sino que lo que le preocupan, aunque solo un poco más, son las relaciones comerciales de nivel, las petrolíferas, el asentamiento de industrias del norte para producir con el nivel salarial del sur: lo que da envergadura a la patria. Y, claro, tras eso, le preocupa el destino de los mexicanos, que para eso es su líder. Y eso sí, que los mexicanos puedan seguir yéndose. Como sea.

 

Peña Nieto cree liderar un país en el que hay demasiada gente 

 

Las acometidas de los mexicanos al país de la Libertad son de ahora y de siempre. Se marchan. No es de extrañar: huir o morir, podría decirse. Podría decirse también que a Peña Nieto le gusta que vayan aunque sea por los agujerillos de la malla del muro que ya existe. O simplemente a Peña Nieto le da igual. Es posible esto último. Peña Nieto cree liderar un país en el que hay demasiada gente.

Es posible que cuando se sienta a desayunar en una de sus controvertidas viviendas, de él o de su mujer, piense en cuántos mexicanos quedan para calcular el índice de pobreza, la inflación, la estadística del desempleo… Cuántos mexicanos quedan para ser secuestrados, para ser torturados por los cárteles y ejecutados en puentes y autopistas, degollados o decapitados. Se preguntará, quizá, unos minutos antes de jugar a la piñata con la cara de Trump, cuántas mujeres sobreviven en Ciudad Juárez – pobre Juárez, pobres mujeres -. Quizá se pregunte  cuántos estudiantes quedan aún sin haber sido secuestrados y quemados, y que busque en un mapa mental construido en una visión pasajera dónde está Ayotzinapa, en el maldito estado de Guerrero, para luego olvidarlo de inmediato y ascender a alguno de los militares del caso.

Puede que Peña Nieto haya tejido una malla con la red que cubre el laberinto donde habitan los mexicanos, que es su laberinto, el de una historia que está llegando a su fin, no por agotamiento, sino por consunción. Por eso Peña Nieto se mira en el espejo presidencial y se siente poderoso. No le importa ni la corrupción de un sistema que hace aguas por el abuso ni la violenia demencial que mata a diestro y a siniestro, un poco más a la siniestra, quizá.

 

Puede que le inquiete a Peña Nieto antes de cruzarse sobre el pecho la banda presidencial qué les pasa a los mexicanos con la violencia

 

Puede que le inquiete a Peña Nieto antes de cruzarse sobre el pecho la banda presidencial qué les pasa a los mexicanos con la violencia, ese apego tan arraigado por la balacera y desorden… y busque en una razón genética el caos del gasolinazo, instantes antes de saberse complacido de que Fox haya culpado a López Obrador, el mal encarnado en falso patriota, se dirá.

No sé qué queda de México cuando Peña Nieto llega al mediodía. Qué queda del pueblo mexicano. Es posible que para entonces, Peña Nieto haya planificado una estrategia para sentarse con Trump y conseguir que quede entre el hormigón y la malla electríficada que le gustaba a Hillary un resquicio para que los mexicanos puedan seguir yéndose, gerundio irregular tan útil. Imaginará para la tarde un México al que vuelven todos y del que ya no se va nadie. Y calculará cuánta gasolina de Pemex podría hacer falta para incendiar lo poco que queda.

Mejor que puedan seguir yéndose, hay que convencer a Trump, y cierra los ojos al llegar la noche.