Otra vez ha muerto Franco

Este empeño de Franco en morir cada año, y siempre el mismo día. Es un ruido discontinuo: cuarenta años con él, cuarenta sin él. Pero siempre con él. Salen los falangistas – objetos extraños en un mundo diferente- y pasean por la calle Alberto Aguilera una enorme bandera rojinegra con el yugo y las flechas.

José Antonio ya le había robado, como don Juan March robaba los dineros, la historia a los Reyes Católicos que, sin comerlo ni beberlo, encabezaban la liturgia y la oratoria del ‘ausente’. El caso es que la bandera se pasea, como antes estaba el ‘cangrejo’ colgado de la fachada de Alcalá 44, sede oficial, hoy, del aristócrata que trata de retener la Lomce más allá de su evidente derrota. “¿Qué pasa? La bandera por tu casa”, madrileño.

 

Me llamo barro aunque Miguel me llame…

 

Madrid ya no es una ciudad de un millón de cadáveres, que dijera Dámaso. Ni el trágico horror que describió Neruda , el poeta de la Casa de las Flores. Aunque haya puentes bajo los que dormitan y malviven los inmigrantes, como hiciera en los arrabales, junto al río, Miguel Hernández: Me llamo barro aunque Miguel me llame… Juzgado en la Plaza del Callao, más arriba de Alcalá, por donde gritaban con fervor ¡Rusia culpable! como ahora se grita la culpa de los refugiados que sobreviven a las turbias aguas del cementerio marino, que es en lo que se ha convertido el Mediterráneo de los argonautas, las sirenas y los mundos perdidos para siempre transformados en un peaje de lágrimas y sangre. La bandera va camino de El Escorial, del Valle de los Caídos, Cuelgamuros, la legendaria patraña del primer franquismo, cuando Franco aún no había muerto ni tenía pensado hacerlo, más bien hacía morir a otros – 23.000 dice uno que no es nadie pero que le han puesto un piso y una entrevista -.

 

Franco, como la bandera, permanece

 

Y, claro, ahora que ya sí ha muerto, Franco, como la bandera, permanece, aunque de aquella manera, como para poder morir otra vez el año que viene. Permanece Alcalá 44 y vuelve a ser lo que era con Don Alfonso, con Maura mismo, una cosa de familia, eso que Rajoy llamaba “la buena estirpe”, en prodigiosa columna en periódico provincial, de los de antes, no de los de ahora aunque lo haya escrito más ahora que antes y lo piense en este instante mientras mira a Méndez de Vigo, regocijándose en la proverbial singularidad de la nobleza de su ministro.

 

Rajoy hace ese gesto extraño en que guiña el ojo con un temblor incontrolado

 

Franco ha muerto, y Rajoy hace ese gesto extraño en el que guiña el ojo con un temblor incontrolado. Este empeño en morir a pesar de estar muerto y amanecer cada veinte noviembre, así de esta forma, pensando en José Antonio, mítica resurrección del Cid, que como el legendario caballero, ganó sus batallas más famosas desde la tumba. Una tumba junto a la del caudillo , Franco, que ha muerto hoy otra vez y volverá a hacerlo el año que viene.

Franco, amiguitos, ha muerto otra vez. Y se muere más que José Antonio, que murió antes y lleva más tiempo muerto y antes, aquellos antes de antes, se moría todos los años sin que Franco hubiera muerto, y ni siquiera ‘el hecho biológico’ se pensase. Ahora, muerto Franco, ya de una vez – aunque no por todas – José Antonio solo es una bandera por la calle Alberto Aguilera, una misa funeral, un himno escrito por un disidente. Una patraña, una gran cantidad de nada pero que, como Franco, ya no nos ahoga, ni siquiera nos arranca un suspiro.